EL ESTRÉS TAMBIÉN SE SIENTA A LA MESA: CUANDO COMER SE VUELVE UN REFUGIO

La nutricionista Pilar Morales explicó por qué la angustia puede llevar tanto a perder el apetito como a comer de más. Propuso reconocer las emociones, recuperar las pausas y construir hábitos posibles sin culpa ni prohibiciones extremas.

El estrés no se expresa igual en todas las personas. Hay quienes sienten que se les cierra el estómago y pasan horas sin comer; otros experimentan un deseo intenso de consumir algo dulce o salado. Pilar Morales, licenciada en Nutrición y columnista de MAÑANAS DE CIUDAD, abordó ambas situaciones durante una conversación con Carina Coria sobre el vínculo entre las emociones y los hábitos alimentarios.

La profesional explicó que la tensión cotidiana puede producir cambios en el apetito, en la forma de comer y en el funcionamiento digestivo. Mencionó situaciones de diarrea, estreñimiento y molestias abdominales como posibles manifestaciones asociadas al estrés. Aclaró que las respuestas dependen del contexto personal: no todas las personas enfrentan las mismas demandas ni cuentan con iguales recursos para atravesarlas.

Una escena frecuente, señaló, es la de quien trabaja sin pausas, se saltea comidas y sostiene el día únicamente con mate o pequeños bocados. La rapidez hace que muchas veces no exista registro de qué se ingirió ni de cuánto. El problema no es únicamente la selección del alimento, sino la falta de tiempo y atención que rodea cada comida.

Morales explicó también el consumo emocional de productos que combinan azúcares, grasas y sal. En momentos de angustia, pueden ofrecer una sensación pasajera de placer o alivio. Si la persona acostumbra recurrir a ellos frente a determinadas emociones, puede empezar a repetir esa búsqueda de manera automática. Después, la culpa o el malestar pueden aumentar la tensión que pretendía disminuir.
Para distinguir el hambre física del deseo emocional de comer, la nutricionista propuso observar qué se busca. El hambre corporal suele percibirse de manera progresiva y no necesariamente está ligada a un alimento único; el impulso emocional, en cambio, muchas veces aparece como una necesidad muy concreta de helado, chocolate, gaseosa u otro producto. Se trata de pistas orientativas, no de una herramienta para autodiagnosticarse.

Durante la columna aclaró que comer por ansiedad una vez no significa, por sí solo, tener una mala relación con los alimentos. Sugirió reconocer la emoción que precede al impulso: tristeza, enojo, nervios, cansancio o incluso alegría. Ponerle nombre a lo que ocurre permite buscar respuestas distintas de la comida, como salir a caminar, escuchar música, escribir, meditar o cocinar conscientemente.

Otro tramo estuvo dedicado a quienes viven solos o atravesaron cambios familiares. Después de la partida de los hijos, por ejemplo, algunas personas pierden el incentivo de cocinar únicamente para sí mismas. Morales cuestionó la idea de reemplazar de forma habitual una comida por té y galletitas, porque el organismo continúa necesitando nutrientes y energía aunque haya una sola persona sentada a la mesa.

La especialista evitó plantear restricciones absolutas. Comer una porción de torta o chocolate puede formar parte de la vida cotidiana; el punto de atención aparece cuando el consumo es persistente, desmedido y está vinculado con malestar. Si existe falta de apetito, propuso empezar con pequeñas ingestas y un acompañamiento ajustado a cada situación, en lugar de normalizar que pasen demasiadas horas sin alimentarse.

En un segmento de mitos y realidades, la nutricionista cuestionó creencias como que el azúcar es imprescindible para sobrellevar el estrés, que comer mucho resuelve la angustia o que dejar de comer mejora el rendimiento. También recordó que el alcohol no constituye una solución adecuada para dormir mejor o manejar la ansiedad.

El cierre se concentró en medidas simples y sostenibles: organizar las comidas, hidratarse, moverse de acuerdo con las posibilidades de cada persona, dedicar algunos minutos a un entorno tranquilo y prestar atención a la forma en que se come. Morales sostuvo que alimentación y bienestar emocional están relacionados y que cuidar uno de esos aspectos sin mirar el otro limita las posibilidades de cambio. La propuesta fue recuperar pequeñas pausas dentro de jornadas cada vez más exigentes.

spot_img

ÚLTIMAS NOTICIAS

ÚLTIMAS NOTICIAS

spot_img