Poner límites no convierte a una persona en egoísta ni significa querer menos a los demás. La licenciada en Psicología Agostina Della Longa explicó que aprender a decir que no es una habilidad que puede desarrollarse y resulta fundamental para proteger el bienestar, mejorar la comunicación y construir vínculos más saludables.
En su primera participación en el segmento “Hablemos de Eso”, dentro del programa Mañanas de Ciudad, Della Longa analizó por qué muchas personas sienten culpa, miedo o incertidumbre cuando intentan priorizar sus necesidades y marcar hasta dónde están dispuestas a llegar.
La profesional explicó que decir que no implica mucho más que pronunciar una palabra, ya que puede modificar formas de comportamiento y dinámicas vinculares sostenidas durante años. Una persona que siempre estuvo disponible para su familia, su pareja, sus amistades o su trabajo puede experimentar incomodidad cuando comienza a reservar tiempo para sí misma.
“Aprender a decir que no va a ser una práctica que hay que hacer día a día, un cambio de paradigma”, señaló durante la conversación con Carina Coria en Ciudad FM 90.5.
Uno de los principales obstáculos es la incertidumbre acerca de la reacción ajena. Pensamientos como “qué va a pensar el otro de mí”, “se va a enojar” o “va a dejar de quererme” pueden provocar que una persona acepte situaciones que no desea, invente excusas o postergue permanentemente su propio bienestar.
Della Longa relacionó esta dificultad con el valor personal y la autoestima. Según explicó, existe una creencia extendida que asocia ser una buena persona con decir siempre que sí y permanecer disponible para los demás. Sin embargo, sostuvo que cuidar el propio espacio, reconocer los deseos personales y negarse cuando algo no se quiere o no se puede hacer no representa una falta de afecto.
“Es saber dar nuestro espacio, valorar nuestro tiempo y saber decir que no realmente cuando no podemos o no queremos, en vez de inventar excusas”, afirmó.
La licenciada definió el límite como el espacio que separa a una persona de las demás en aspectos como los sentimientos, pensamientos y decisiones. A diferencia de una barrera física visible, los límites emocionales necesitan ser expresados con claridad para que el otro pueda reconocerlos y respetarlos.
Por ese motivo, remarcó que un límite saludable debe comunicarse de manera clara, honesta, asertiva y respetuosa. No consiste en atacar ni responsabilizar completamente al otro, sino en explicar desde la propia posición qué conducta genera malestar y qué cambio se necesita.
En lugar de formular un reproche como “vos siempre actuás de esta manera”, recomendó utilizar expresiones centradas en la experiencia personal: “A mí no me gusta ser tratada así”, “ese no es mi horario de trabajo” o “prefiero no participar de esta actividad”.
“El límite saludable tiene que ser respetuoso”, subrayó Della Longa. También indicó que marcar una posición no significa ignorar la opinión de la otra persona, sino defender el propio bienestar sin agredir ni descalificar.
El agotamiento aparece como una de las señales más claras de que resulta necesario revisar los límites. También deben considerarse la necesidad constante de inventar excusas, la irritación, la evitación de determinados encuentros y la sensación de haber llegado a un punto de colapso.
La profesional advirtió que esperar hasta que “la gota rebalse el vaso” puede derivar en respuestas impulsivas o decisiones apresuradas. Cuando una persona habla desde el enojo acumulado, la comunicación pierde claridad y aumenta el riesgo de generar un conflicto que podría haberse abordado antes.
Por eso, recomendó poner en palabras el malestar antes de alcanzar un estado de saturación. La comunicación temprana permite explicar lo que sucede con mayor serenidad y evita que años de concesiones terminen en una reacción desproporcionada.
La resistencia de algunas personas a aceptar nuevos límites también fue abordada durante la entrevista. Della Longa explicó que los vínculos desarrollan dinámicas y costumbres: si alguien siempre acepta acompañar, ayudar o cambiar sus planes, una negativa inesperada puede romper el esquema al que los demás estaban habituados.
Esa reacción no demuestra necesariamente que el límite sea incorrecto. Muchas veces revela que la relación estaba organizada alrededor de la disponibilidad permanente de una de las partes.
La licenciada sostuvo que una persona no debe medir el valor de su decisión exclusivamente a partir del enojo o la aprobación de los demás. Cuando el límite fue pensado, comunicado con respeto y orientado a preservar el bienestar, la respuesta ajena no determina automáticamente si estuvo bien o mal.
“Nuestras decisiones no dependen de las emociones de las demás personas”, expresó al responder uno de los mitos planteados durante el programa.
La ausencia de límites también puede afectar la salud mental y física. Della Longa mencionó que el agotamiento sostenido puede relacionarse con ansiedad, alteraciones del sueño y desgaste laboral. En ese contexto, explicó el concepto de burnout como un síndrome asociado a la sensación de estar permanentemente agotado y no lograr rendir en el trabajo.
También señaló que aquello que no se expresa puede manifestarse a través de un malestar físico. Como experiencia personal, relató que a los 19 años, mientras estudiaba y se encontraba bajo una fuerte sobrecarga, atravesó una parálisis facial.
“Muchas veces, por no frenar y no poner en palabras, el cuerpo habló solo”, recordó. Con ese ejemplo, destacó la necesidad de prestar atención a las señales emocionales y corporales antes de que el malestar alcance niveles más profundos.
El autoconocimiento fue presentado como una herramienta central para establecer límites. Para expresarlos, primero es necesario reconocer qué situaciones provocan incomodidad, cuáles son los propios deseos, qué conductas generan ansiedad y hasta dónde se está dispuesto a acompañar o ceder.
Della Longa también destacó el valor del espacio psicológico y de la terapia como ámbitos para trabajar el conocimiento personal. Saber qué se quiere y qué produce malestar ayuda a comunicarlo en el momento adecuado y con palabras más precisas.
No obstante, aclaró que poner límites no es una capacidad reservada para quienes tienen un carácter fuerte. Se trata de una habilidad que puede adquirirse mediante la práctica, el aprendizaje y la revisión de los propios errores.
“Los límites son una habilidad. Nosotros no nacimos con esto, no es un rasgo de nuestra personalidad”, explicó. Añadió que todas las personas pueden aprender a establecerlos mediante un proceso gradual de prueba, reflexión y corrección.
Como ejercicio inicial, recomendó detenerse antes de responder y preguntarse qué se desea realmente. Si la persona no se anima a hablar cara a cara, puede comenzar mediante un mensaje claro y respetuoso. Decir “prefiero quedarme en casa” resulta más honesto que construir una excusa para evitar una invitación.
La profesional señaló que tampoco es necesario acompañar cada negativa con largas explicaciones. En ocasiones, un “no tengo ganas” puede ser suficiente si se expresa sin agresión.
Durante un recorrido por distintos mitos, rechazó que poner límites arruine las relaciones. Por el contrario, consideró que puede beneficiarlas porque permite que cada integrante conozca el espacio del otro y evita que el resentimiento se acumule silenciosamente.
También negó que las personas buenas deban estar siempre disponibles, que poner límites implique ser frío o poco afectuoso y que sea conveniente ceder permanentemente para evitar conflictos.
La familia fue señalada como uno de los ámbitos donde puede resultar más difícil marcar una posición, debido a la historia compartida y al temor de que una decisión sea interpretada como algo personal. Allí vuelve a ser fundamental comunicar desde la propia vivencia, sin formular acusaciones.
En lugar de responsabilizar al familiar con expresiones agresivas, Della Longa recomendó explicar qué comentario o comportamiento genera malestar y pedir concretamente que no vuelva a repetirse.
La culpa, agregó, puede aparecer al principio porque el nuevo comportamiento rompe una dinámica conocida. Sin embargo, esa sensación puede disminuir a medida que la persona incorpora el hábito y comprueba que priorizarse no la convierte en alguien egoísta.
“No somos egoístas por priorizarnos, por elegirnos a nosotros mismos y a nuestro bienestar”, enfatizó.
Poner un límite tampoco significa intentar cambiar a los demás. El objetivo es proteger el bienestar propio y ofrecerle al vínculo una oportunidad de reorganizarse de manera más equilibrada. Una relación sostenida únicamente por los continuos “sí” de una de las partes puede desgastarse cuando las decisiones se toman en contra de su voluntad.
“Hablemos de Eso” se incorporó a Mañanas de Ciudad como un segmento semanal dedicado a situaciones psicológicas y emocionales que atraviesan la vida cotidiana. Agostina Della Longa participará los lunes alrededor de las 12:10 para desarrollar distintos temas y ofrecer herramientas de reflexión a la audiencia.
La licenciada informó durante la entrevista que todavía no realiza atención clínica porque se encuentra tramitando su matrícula profesional. También adelantó que trabaja en un espacio digital vinculado con la columna para continuar desarrollando en redes los asuntos tratados al aire.
La primera entrega dejó una idea concreta: priorizarse no equivale a abandonar a los demás. Aprender a reconocer el agotamiento, hablar antes de llegar al enojo y expresar una negativa con honestidad puede proteger tanto la salud mental como la calidad de los vínculos.






































