La licenciada en Nutrición Pilar Morales comparó en Mañanas de Ciudad la alimentación de los años 80 con la actualidad y planteó que el desafío no pasa por elegir una época como “mejor”, sino por recuperar la comida casera, el movimiento y la pausa, aprovechando al mismo tiempo la información y los avances actuales.
La comparación entre la alimentación de los años 80 y la de 2026 abrió un debate que va mucho más allá de los alimentos que aparecen en el plato. Durante una entrevista con Carina Coria en Mañanas de Ciudad, por Ciudad FM 90.5, la licenciada en Nutrición Pilar Morales analizó cómo cambiaron los hábitos, las dietas, el ritmo de vida, la actividad física y la manera de vincularse con la comida.
Uno de los primeros puntos que marcó Morales fue la diferencia entre una alimentación que, según explicó, era más casera y natural en los años 80 y un presente atravesado por la falta de tiempo y una mayor presencia de productos ultraprocesados.
“La principal diferencia es que la alimentación de los ochenta era una alimentación más natural”, señaló. También destacó que en aquella época existía una mayor pausa para sentarse a comer y una presencia mucho más fuerte de la cocina doméstica, mientras que actualmente el ritmo cotidiano lleva a muchas personas a resolver sus comidas de manera rápida y automatizada.
Para la nutricionista, ese cambio no puede analizarse solamente desde lo que se come, sino también desde cómo se come. La pérdida del momento de la comida como una pausa real durante el día fue uno de los ejes que más remarcó a lo largo de la entrevista.
Morales explicó que las dietas de décadas anteriores tendían a ser mucho más rígidas, con esquemas estrictos organizados por días e incluso por horarios. Frente a esa lógica, señaló que actualmente muchos profesionales buscan trabajar más sobre la construcción de hábitos sostenibles y sobre el vínculo de cada persona con los alimentos.
“Se da lugar al placer, se da lugar al goce y se prioriza el vínculo con el alimento”, explicó al comparar los dos enfoques.
La especialista también puso el foco en el fuerte componente cultural de la comida. Los almuerzos familiares, las preparaciones elaboradas durante horas y la transmisión de recetas entre generaciones formaban parte de una dinámica social distinta. En la actualidad, explicó, los cambios laborales y familiares hicieron que el tiempo destinado a cocinar se redujera significativamente.
Como ejemplo, durante la charla apareció la imagen de los tradicionales tucos o salsas que podían permanecer durante horas en la cocina. Morales señaló que el rol social y laboral de las personas también cambió y que esa transformación modificó inevitablemente la organización doméstica.
“Ni mejor ni peor, diferente”, resumió sobre ese proceso, aunque insistió en la importancia de tratar de consumir alimentos “lo más real posible”.
Otro de los temas analizados fue el fenómeno de los productos “light”. Morales recordó que esta categoría tuvo un fuerte auge y explicó que la denominación hace referencia a una reducción respecto del producto original, pero que no significa automáticamente que un alimento sea mejor.
La nutricionista sostuvo que actualmente, dentro de determinados sectores interesados en alimentación saludable, se presta mayor atención a la calidad general del producto y a la cantidad que se consume que a la simple etiqueta “light”.
La pérdida de la cocina casera fue otro de los aspectos que aparecieron de manera reiterada. Morales explicó que los guisos, estofados y preparaciones largas dejaron lugar, en muchos casos, a comidas más rápidas debido a las obligaciones laborales y a la menor disponibilidad horaria.
Sin embargo, remarcó que el acto de comer sigue siendo un momento que debería conservarse como una pausa consciente y no convertirse únicamente en una acción realizada a las apuradas.
“A veces no se trata de no comer sino de aprender a comer”, afirmó durante la conversación.
Frente a la pregunta sobre qué alimento de los años 80 debería recuperarse en la actualidad, Morales evitó elegir un producto específico. Su respuesta fue más amplia: recuperar el acto de cocinar.
“Creo que es muy indispensable volver al hecho, al acto de cocinar”, señaló, antes de remarcar la importancia que tiene la alimentación para el funcionamiento cotidiano del organismo.
“Los alimentos son nuestro combustible”, sintetizó.
La actualidad, de todos modos, también presenta tendencias propias. Una de ellas es la fuerte presencia de productos promocionados por su contenido de proteínas. Según Morales, los alimentos hiperproteicos ganaron espacio social y comercial en los últimos años y la industria comenzó a destacarlos cada vez más en sus propuestas.
Pero quizás uno de los cambios más profundos no esté en los productos sino en el acceso a la información. La nutricionista consideró positivo que hoy exista una enorme cantidad de contenidos disponibles, aunque también advirtió sobre el riesgo de la sobreinformación.
“Tenemos más información al alcance. Pero también estamos sobreinformados”, sostuvo.
Para Morales, esa abundancia de mensajes puede terminar generando confusión si no existe un criterio para seleccionar qué información resulta adecuada para cada persona. En ese sentido, planteó que las decisiones deberían adaptarse al contexto, al entorno y a las necesidades individuales.
La comparación también incluyó un elemento que excede directamente a la alimentación: el movimiento cotidiano.
Durante la entrevista se recordó que en los años 80 era mucho más habitual caminar, andar en bicicleta o desplazarse sin vehículo. Morales coincidió en que el cambio en las formas de movilidad, los trabajos sedentarios y el mayor tiempo frente a pantallas modificaron profundamente el nivel de actividad diaria.
La nutricionista diferenció además el hecho de entrenar durante un período determinado de mantenerse activo durante toda la jornada, y sostuvo que el movimiento diario debería ocupar nuevamente un lugar central.
Las porciones también fueron parte de la comparación. Morales consideró que décadas atrás podían ser más abundantes en muchos hogares, aunque señaló que actualmente existe otro fenómeno que también favorece el consumo excesivo: las promociones y tamaños ofrecidos por algunas cadenas de comida rápida.
Por eso, rechazó una mirada simplista que presente a una época como saludable y a la otra como perjudicial.
Esa misma lógica utilizó al analizar el consumo de gaseosas y golosinas. Morales destacó que observa una mayor conciencia entre muchos padres al momento de preparar las meriendas de los niños, aunque evitó afirmar que el consumo general de golosinas haya descendido porque no contaba con datos actualizados durante la entrevista.
También se abordó el aumento de diagnósticos vinculados con alergias, intolerancias y diferentes problemáticas digestivas. Morales planteó que una parte de esa percepción puede estar relacionada con la mayor capacidad diagnóstica de la medicina actual y señaló, al mismo tiempo, su preocupación por el consumo excesivo de productos ultraprocesados.
La conclusión de la especialista evitó convertir la comparación en una competencia generacional.
“No es ni mejor ni peor. Son épocas diferentes”, sostuvo.
Su propuesta fue rescatar elementos positivos de ambos momentos: recuperar el movimiento, la comida más casera y el vínculo con los alimentos de décadas anteriores, pero combinándolos con el acceso al conocimiento, la información y los avances de producción y seguridad alimentaria disponibles actualmente.
“Hay que combinar el movimiento de esa época con la comida real de los ochenta, con la comida más casera, junto con la información” de la actualidad, explicó.
En la segunda parte de la entrevista, Morales repasó además varios mitos alimentarios que tuvieron fuerte presencia durante los años 80 y que, en algunos casos, todavía continúan circulando.
Entre ellos aparecieron ideas como considerar indispensable la leche para todas las personas, eliminar el pan para adelgazar, presentar a la margarina como necesariamente más saludable que la manteca, responsabilizar al huevo de manera aislada por el colesterol, considerar imprescindible la carne roja todos los días o pensar que todos los productos “light” son automáticamente saludables.
También cuestionó la creencia de que la fruta engorda por consumirse después de las comidas y la idea de que el azúcar de mesa es indispensable para obtener energía.
La nutricionista insistió en que ningún alimento debería analizarse de manera aislada del contexto general, las cantidades y los hábitos de cada persona. Incluso al referirse a alimentos considerados saludables, remarcó que la cantidad también forma parte de la evaluación.
La entrevista terminó con una reflexión sobre lo ganado y lo perdido durante las últimas cuatro décadas. Para Morales, se perdió una parte importante del movimiento cotidiano, la cocina casera y el tiempo dedicado al acto de comer; a cambio, se ganó acceso a más información, conocimiento y avances vinculados con los procesos de producción.
“Más trabajo no es mejor”, afirmó al referirse al ritmo acelerado de la vida actual y a la necesidad de recuperar momentos de pausa. También planteó la importancia de organizar la cocina cuando durante la semana falta tiempo, por ejemplo dejando preparaciones listas durante el fin de semana.
El eje que atravesó toda la conversación en Mañanas de Ciudad fue, finalmente, evitar los extremos. La comparación entre los años 80 y 2026 no dejó un ganador, sino una propuesta: aprovechar la información disponible hoy sin perder el movimiento, la cocina casera, la pausa y el vínculo con los alimentos que caracterizaban a otras generaciones.
La entrevista completa con Pilar Morales puede verse en las plataformas de Ciudad FM.





































