El licenciado en Psicología Walter Motilla explicó por qué los días nublados y las lluvias prolongadas pueden modificar las rutinas, la energía y las relaciones personales. También señaló cómo diferenciar un malestar pasajero de una situación que requiere atención profesional y compartió recomendaciones para cuidar la salud emocional.
Las jornadas de lluvia, el cielo cubierto y la disminución de las actividades al aire libre pueden generar cambios en el estado de ánimo. Para algunas personas representan una oportunidad para descansar y disfrutar del hogar, mientras que para otras significan encierro, frustración o una sensación de tristeza difícil de sobrellevar.
En medio de una seguidilla de días nublados en Mendoza, el licenciado en Psicología Walter Motilla analizó esta relación durante una entrevista con Hugo Lombardi en el programa Antes de Ver el Sol, de Ciudad FM 90.5.
El profesional explicó que el clima puede influir en las emociones, aunque advirtió que el fenómeno no debe analizarse de manera aislada. La cantidad de luz natural, los hábitos, la personalidad, las circunstancias personales y los cambios en las relaciones cotidianas intervienen en la forma en que cada individuo experimenta una jornada lluviosa.
Motilla mencionó la cronobiología, un campo de estudio que permite comprender la relación entre los ritmos biológicos y factores como la luz y las variaciones estacionales. Según explicó, los días con menor luminosidad y las modificaciones en los horarios pueden repercutir en diferentes aspectos de la vida cotidiana.
Sin embargo, destacó que la lluvia no produce las mismas sensaciones en todas las personas. Las características individuales, las experiencias anteriores y las condiciones materiales generan respuestas emocionales diferentes frente a un mismo fenómeno.
En ese sentido, señaló que para una persona la lluvia puede significar tranquilidad, nostalgia o refugio, mientras que otra puede vivirla como una interrupción de sus actividades habituales. La necesidad de salir, encontrarse con otras personas o mantener una vida activa también influye en esa respuesta.
Además, introdujo un aspecto social importante: no es lo mismo contemplar una jornada lluviosa desde una vivienda confortable que atravesarla con problemas de filtraciones, dificultades para trasladarse o imposibilidad de trabajar. El clima puede ser compartido, pero sus consecuencias son profundamente distintas.
El psicólogo sostuvo que muchas veces el malestar atribuido a la lluvia responde a otras modificaciones que se producen durante esos días. La reducción del movimiento físico, la suspensión de encuentros, los cambios de horarios y la falta de conversaciones pueden influir tanto como las condiciones meteorológicas.
Uno de los puntos centrales de la entrevista fue la necesidad de diferenciar una sensación transitoria de tristeza de un problema de salud mental más persistente.
Motilla explicó que sentirse menos entusiasmado durante algunos días no significa necesariamente atravesar un trastorno depresivo. La tristeza y la melancolía forman parte de las experiencias humanas y pueden aparecer en situaciones determinadas sin constituir, por sí mismas, una enfermedad.
La atención debe aumentar cuando el malestar comienza a instalarse de manera sostenida, afecta las actividades habituales, provoca pérdida de interés, disminuye la motivación o conduce a un aislamiento cada vez mayor. En esos casos, consideró importante buscar una evaluación profesional.
Durante la conversación también se abordó la situación de quienes ya atraviesan problemas de ansiedad, depresión o circunstancias personales complejas. Según el especialista, los períodos prolongados de encierro y las modificaciones estacionales pueden incrementar las dificultades de personas particularmente vulnerables.
Frente a ese escenario, propuso comenzar por pequeñas acciones que permitan recuperar una rutina. Una de ellas consiste en aprovechar la luz natural disponible, abrir las cortinas y acercarse a espacios iluminados durante el día.
Otra recomendación fue sostener alguna actividad física dentro de las posibilidades de cada persona. Caminar por la vivienda, cambiar de postura o realizar movimientos suaves pueden contribuir a evitar el sedentarismo provocado por la permanencia prolongada en el hogar.
También destacó la importancia de conservar horarios relativamente estables para levantarse, alimentarse y descansar. Los días lluviosos suelen modificar la organización cotidiana, especialmente cuando no existen obligaciones que exijan salir de casa.
El contacto humano fue otro de los aspectos destacados. Una llamada telefónica, una conversación o el intercambio con personas cercanas pueden ayudar a recuperar vínculos que se debilitan cuando se suspenden los encuentros habituales.
Motilla también recomendó encontrar actividades placenteras para realizar en casa, como escuchar música, cocinar, leer o dedicar tiempo a algún pasatiempo. Explicó que muchas veces no es necesario esperar a recuperar completamente las ganas para comenzar: las pequeñas acciones pueden contribuir gradualmente a mejorar la disposición emocional.
La entrevista abordó además el efecto de los pronósticos meteorológicos sobre las expectativas. Conocer anticipadamente que habrá varios días de lluvia puede provocar frustración y ansiedad, especialmente cuando las personas imaginan dificultades futuras antes de que ocurran.
Para ilustrar esa relación, el psicólogo utilizó tres imágenes que despertaron particular interés entre los oyentes. Describió metafóricamente la ansiedad como un exceso de futuro, la depresión como un exceso de pasado y el estrés como un exceso de presente.
Con esas expresiones buscó explicar cómo la preocupación constante por lo que podría suceder, la permanencia emocional en experiencias anteriores o la sensación de estar sobrepasado por las exigencias actuales pueden afectar el bienestar. Se trató de comparaciones destinadas a facilitar la comprensión de diferentes experiencias emocionales, no de definiciones clínicas.
Otro aspecto desarrollado fue la diferencia entre reflexionar y permanecer atrapado en pensamientos repetitivos. Motilla consideró que una tarde de lluvia puede brindar un espacio valioso para detenerse, revisar decisiones y pensar en cuestiones personales que habitualmente quedan desplazadas por las obligaciones.
Sin embargo, advirtió que esa pausa puede resultar perjudicial cuando se convierte en una repetición constante de preocupaciones que no conducen a ninguna respuesta. En esas circunstancias, sugirió cambiar de actividad, escribir pensamientos, conversar con alguien o buscar una acción concreta que permita avanzar.
El profesional también distinguió entre descansar y aislarse. Quedarse en casa para leer, mirar una película o recuperar energía puede ser reparador. El problema aparece cuando esa elección se transforma en una manera permanente de evitar situaciones, postergar obligaciones o abandonar vínculos significativos.
En relación con la asistencia psicológica, Motilla se refirió a la resistencia que todavía existe en determinados sectores de la sociedad para reconocer un malestar emocional y solicitar ayuda.
Explicó que muchas personas asocian equivocadamente la consulta psicológica o psiquiátrica con debilidad personal. Ese prejuicio puede llevarlas a guardar sus preocupaciones hasta que comienzan a afectar de manera más profunda su vida diaria.
Durante el programa también se mencionó una línea gratuita de atención permanente presentada como parte de los recursos provinciales de contención en salud mental. Motilla valoró la existencia de herramientas adicionales de acompañamiento, especialmente para quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad emocional.
Hacia el final de la entrevista, el especialista insistió en que recuperar el bienestar no siempre depende de grandes cambios. En muchas ocasiones, comenzar por una actividad sencilla, restablecer un contacto o modificar un pequeño hábito puede representar un primer avance.
Su reflexión final estuvo relacionada con la aceptación de las diferentes emociones. No todas las personas necesitan sentirse felices durante todo el día, ni una jornada triste significa necesariamente que algo funcione mal.
La clave, según su análisis, consiste en comprender qué está ocurriendo realmente detrás del malestar, cómo están las relaciones personales y qué hábitos desaparecieron de la rutina cuando comenzó a llover.
De esta manera, el clima puede convertirse en una oportunidad para observar no solamente lo que sucede afuera, sino también aquello que cada persona está atravesando
emocionalmente.





































