Guadalupe Zavala presentó un prototipo desarrollado junto con Luisina Arce en la escuela técnica Spagnolo de Junín. El equipo reconoce distintos niveles de alerta, activa señales sonoras y puede enviar avisos telefónicos; su profesor Rodrigo Gil explicó el aprendizaje detrás de la experiencia.
Un proyecto escolar que busca advertir sobre la presencia de monóxido de carbono fue presentado en HOLA GENTE por Guadalupe Zavala, estudiante de sexto año de la escuela técnica Presbítero Constantino Spagnolo, de Junín. La alumna participó del programa junto con su profesor Rodrigo Gil y contó cómo ella y su compañera Luisina Arce lograron desarrollar y mejorar un dispositivo que combina sensores, luces, sonido y comunicación telefónica.
La idea nació durante las prácticas de la especialidad en electrónica y fue creciendo entre quinto y sexto año. Según relataron, la versión inicial funcionaba con pilas y permitía advertir la presencia del gas. Durante el último año se incorporaron nuevas funciones, especialmente la posibilidad de emitir avisos a un celular cuando el equipo detecta una situación que requiere atención.
El prototipo trabaja con diferentes estados visuales. En condiciones normales muestra una luz verde; ante una detección que exige precaución pasa a una señal amarilla y envía un mensaje. Cuando el sensor identifica el nivel de alarma configurado, enciende una luz roja, activa una sirena e inicia una llamada telefónica. Los desarrolladores destacaron que el objetivo es que una persona pueda recibir el aviso incluso si no se encuentra junto al dispositivo.
Guadalupe explicó que el equipo utiliza un sensor MQ-7 para detectar monóxido, un microcontrolador programable, una tarjeta SIM para la comunicación y varios componentes electrónicos integrados en una carcasa. Esa estructura también fue construida por las alumnas: diseñaron el circuito, soldaron piezas y fabricaron la caja mediante impresión 3D. Durante la entrevista hicieron una demostración de las alertas y describieron cómo el aparato cambia de estado cuando varía la medición.
El costo de materiales mencionado por la estudiante fue de aproximadamente 180.000 pesos, distribuido a lo largo del desarrollo. Aclaró que no se trata de un producto comercial: todavía es un prototipo de aprendizaje, no está a la venta y necesita nuevas pruebas y mejoras antes de pensar en una eventual producción. Por ello, no debe considerarse un reemplazo de detectores de monóxido certificados ni de las medidas habituales de seguridad en los hogares.
Entre las mejoras que las jóvenes evalúan aparece la activación automática de ventilación y la posibilidad de conectar distintos teléfonos. Durante la muestra escolar, una visitante les planteó la necesidad de que un familiar reciba la alerta si la persona que vive en la vivienda no oye la sirena. El proyecto ya contempla la idea de programar más de un destinatario y abre el camino para incorporar distintas formas de notificación.

La experiencia también tuvo contratiempos. Guadalupe contó que, a pocos días de la exhibición escolar, un problema con una conexión provocó que se dañaran componentes del aparato. Ella y Luisina tuvieron que buscar repuestos, corregir el circuito y volver a ponerlo en funcionamiento. El profesor Gil valoró ese episodio como parte del proceso educativo, porque obligó a las estudiantes a investigar, diagnosticar una falla y resolverla de manera autónoma.
El docente explicó que la escuela impulsa proyectos reales para aplicar los conocimientos de electrónica, programación y construcción. Algunos se extienden durante dos años y admiten mejoras sucesivas; otros se completan dentro de un ciclo y dejan lugar a nuevas propuestas. Señaló que el propósito no consiste únicamente en que los aparatos funcionen el día de la exposición, sino en que los alumnos adquieran la capacidad de enfrentar problemas técnicos y aprender de sus errores.
Entre las otras iniciativas desarrolladas en la institución mencionó trabajos con drones, brazos robóticos, sistemas de automatización y dispositivos de control. La escuela cuenta con talleres desde los primeros años de la secundaria y con equipamiento que permite realizar prácticas en mecánica, electrónica y programación.
Otro aspecto importante de la entrevista fue la vinculación con el mundo laboral. Guadalupe explicó que realizó doscientas horas de prácticas profesionalizantes en la Cooperativa Eléctrica Popular de Rivadavia. La experiencia, dijo, le permitió conocer la organización de un ambiente de trabajo y poner en uso capacidades que hasta entonces había aplicado principalmente a sus propios proyectos.
Gil defendió el valor de la educación técnica para quienes luego desean estudiar una carrera universitaria y para quienes buscan incorporarse al trabajo. Consideró que ese año adicional de formación, que algunas familias ven como una desventaja, representa una oportunidad para consolidar habilidades, autonomía y vocación. También remarcó que las empresas pueden descubrir talentos durante las pasantías.
La entrevista concluyó con el deseo de las alumnas de seguir perfeccionando el detector e investigar si algún día podría convertirse en un emprendimiento. Más allá de su eventual destino comercial, el prototipo ya dejó un resultado concreto: un grupo de estudiantes transformó un problema de seguridad doméstica en una experiencia práctica de diseño, programación, trabajo en equipo y aprendizaje.





































