Walter Rutkus nació en una familia de circo, estuvo alrededor de dos décadas alejado de esa actividad y finalmente regresó. En el Día Nacional del Circo compartió la historia de un oficio que cambió con la tecnología pero que, sostiene, conserva algo imposible de reproducir en una pantalla: la emoción de estar frente al espectáculo.
El Día Nacional del Circo abrió en Mañanas de Ciudad una conversación que fue mucho más allá de una función. Walter Rutkus, propietario de Family Circus, repasó la evolución de una actividad que atraviesa generaciones de su familia y que define más desde la pasión que desde la razón.
Rutkus nació en un circo. Su abuelo formaba parte de una época completamente diferente a la actual, cuando los espectáculos podían permanecer durante meses en una localidad y la propuesta se dividía en dos grandes momentos.
La primera parte incluía acróbatas, malabaristas y los números tradicionales de pista. Después de un intervalo se modificaba el espacio para montar una obra de teatro. Aquellas llamadas “segundas partes” fueron también una verdadera escuela para numerosos artistas argentinos.
Con el paso del tiempo, Walter se alejó de la actividad y durante aproximadamente dos décadas trabajó en ocupaciones más estables. Sin embargo, terminó regresando al lugar en el que había nacido.
Hoy entiende al circo como una profesión, un modo de vida y una forma de expresión cultural.
El público, sostiene, continúa buscando básicamente lo mismo: entretenimiento, sorpresa, emoción y risa. Lo que cambió radicalmente es la manera en que las personas acceden a los contenidos.
Un teléfono celular permite observar en segundos espectáculos realizados en cualquier parte del mundo. Ese acceso, según Rutkus, favorece la difusión publicitaria pero también puede quitar parte de la sorpresa.
El cambio resulta especialmente visible entre los adolescentes. Mientras los más chicos continúan identificándose con los payasos y los adultos encuentran recuerdos de su propia infancia, llevar a determinados jóvenes de 12 o 13 años a una función representa hoy un desafío mayor.
Aun así, Rutkus considera que el circo sigue teniendo una característica difícil de encontrar en otros espacios: la posibilidad de sentar frente a un mismo espectáculo a abuelos, padres, adolescentes y niños y ofrecer a cada generación un momento con el cual conectarse.
Family Circus está integrado por alrededor de 20 personas, de las cuales unas 15 participan directamente del espectáculo.
Una de las atracciones centrales son los motociclistas dentro del globo, un número que concentra riesgo, adrenalina y atención. A ellos se suman malabaristas, trapecistas, artistas de telas y acróbatas, entre otras disciplinas.
El espectáculo posee además un hilo narrativo. La función comienza con un técnico ocupado en las tareas previas de limpieza y preparación. Accidentalmente activa el sonido y la iluminación y queda atrapado dentro de la propia función. A partir de allí comienza a interactuar con los artistas hasta terminar convertido en el payaso central.
La propuesta refleja también el carácter familiar del proyecto. La esposa de Walter es la directora artística del espectáculo y cumple un papel central en la producción. Sus hijos participan en distintas áreas: uno de ellos se ocupa de la iluminación y además interpreta al payaso principal, mientras que sus hijas colaboran con el sonido, la producción y otras tareas artísticas.
A la familia directa se suman otros integrantes y jóvenes artistas con una historia particular: algunos son hijos de personas con las que Walter trabajó años atrás. Para él, esa continuidad representa una de las características más valiosas del mundo circense.
Entre las figuras que mencionó como referentes aparece su cuñado Gastón Elié, a quien destacó por su trayectoria internacional y su paso por Cirque du Soleil. También nombró a Nazareno Mótola, Flavio Mendoza y reconocidas compañías de circo argentinas.
Sin embargo, cuando tuvo que sintetizar qué significa personalmente esta actividad, la respuesta estuvo lejos de una definición empresarial.
Rutkus explicó que el circo es una actividad fundamentalmente pasional. Implica enfrentarse al viento, las tormentas, el terreno, el Zonda y las dificultades económicas, pero la recompensa aparece cuando la carpa se llena, el público disfruta y una familia agradece haber llevado el espectáculo a su ciudad.
En Rivadavia, Family Circus también buscó sostener una política de precios accesibles. Durante la entrevista anunció una promoción de dos por uno para las funciones de jueves y viernes. El ingreso estaba previsto desde las 21:00 y el inicio del espectáculo a las 21:15.
El espacio cuenta además con estacionamiento libre y el tradicional bufé circense, con distintas opciones para acompañar una salida que, según Walter, comienza mucho antes de entrar a la carpa.
Para un niño, explicó, el ritual empieza cuando se prepara en su casa, emprende el camino, llega al circo y observa a sus padres comprar la entrada. Todo ese proceso forma parte del recuerdo.
Family Circus tenía previsto permanecer en Rivadavia durante ese fin de semana y el siguiente, extendiendo así la posibilidad de conocer una propuesta que combina tradición y recursos tecnológicos actuales.
La iluminación LED, las estructuras modernas y los nuevos lenguajes escénicos modificaron la forma del espectáculo. Lo que no cambió, según Rutkus, es aquello que ocurre cuando se apagan las luces de la carpa y artistas y público quedan frente a frente.
Porque el circo puede verse en un teléfono. Pero su verdadera magia, afirma, continúa siendo presencial.





































