Una historia de resiliencia que demuestra que nunca es tarde para cumplir los sueños

María del Carmen Villegas tiene una historia que conmueve y motiva a partes iguales. A los 36 años aprendió a leer, completó sus estudios y se recibió de profesora de economía. Hoy, jubilada tras 16 años de docencia, su testimonio se ha viralizado y llega como un mensaje de esperanza para quienes creen que sus sueños quedaron atrás.

Su infancia transcurrió entre viñas y fincas rurales de Mendoza. Como la mayor de siete hermanos en una familia de trabajadores agrícolas, María del Carmen conoció desde muy pequeña el peso del trabajo en el campo. A los siete u ocho años ya acompañaba a sus padres en las labores de la viña, desde la madrugada hasta el anochecer.

El punto de quiebre llegó cuando cursaba tercer grado. María del Carmen amaba la escuela con pasión, tanto que se escapaba de la cosecha de aceitunas para asistir a clases. Pero sus padres tenían otros planes: necesitaban su fuerza de trabajo. El castigo fue severo y marcó su vida para siempre: le quemaron los cuadernos frente a sus ojos. Era marzo, y ese fuego selló su destino educativo durante casi tres décadas.

«Yo amaba la escuela. Me escapaba con mi bolsita y mi cuaderno cuando veía pasar a los chicos con guardapolvos», recuerda con la voz quebrada. La violencia familiar era moneda corriente: castigos físicos con sarmientos verdes, horas de rodillas sobre maíz con piedras en las manos. «Si uno se portaba mal, pasábamos todos en fila y nos pegaban a todos», relata sobre una infancia marcada por la dureza.

A los 15 años, con una sola bolsa de nailon conteniendo una falda y una camisa, huyó de su casa para vivir con su abuela materna. Trabajó en servicio doméstico, en bodegas y fábricas. Se casó joven y tuvo tres hijos. Pero aquel sueño de la escuela, aquel banco y aquellos cuadernos quemados nunca dejaron de aparecer en su memoria.

El impulso definitivo llegó cuando sus propios hijos comenzaron la escuela primaria. Las carátulas que no podía hacer correctamente, las tareas que no podía ayudar a resolver, le recordaban constantemente su limitación. «Yo voy a hacer la escuela algún día», les repetía a sus hijos como un mantra.

Y ese día llegó. Su hijo mayor la inscribió en el CEPSA (Centro de Educación Básica de Jóvenes y Adultos) Humberto 304. A los 36 años, María del Carmen entró nuevamente a un aula, esta vez en la misma escuela donde dejaba a sus hijos por la mañana, para regresar por la tarde con un cuaderno Gloria, un lápiz y una goma.

«Literalmente no sabía leer bien. Podía pasarme ratos intentando comprender una frase, armarla y reflexionar lo que quería decir», admite. La vergüenza y el esfuerzo caminaban juntos, pero también la determinación. Trabajaba como celadora en una escuela primaria de día y estudiaba de noche.

En solo un año completó la primaria. Sin pausa, se inscribió en el CENS 3448 para cursar la secundaria. Tres años después, con el secundario terminado, tomó una decisión que cambiaría su vida definitivamente.

Un sábado de tormenta, regresando de hacer servicio doméstico en casa de la secretaria de la escuela donde trabajaba, perdió los billetes que le habían pagado bajo la lluvia torrencial. Solo quedaron las monedas en su mano. «Dije: Carmen, ¿vas a seguir toda la vida así? Vas a seguir como celadora, haciendo servicio doméstico, y así va a ser toda tu vida», recuerda ese momento de revelación.

Poco después se inscribió en el Instituto IMEI de Maipú para estudiar el profesorado de economía. Muchos dudaban. «Si vos fracasás en esto, no te vas a levantar más», le dijeron. Pero esas palabras, en lugar de desalentarla, la impulsaron: «¿Quién me puede decir a mí que voy a fracasar?».

Su rutina era extenuante pero sagrada. Entraba a trabajar a las 7:30 y salía a la una. Almorzaba, dormía unas horas con su familia, y a las 3:15 sonaba el teléfono-despertador. Estudiaba desde las 3:30 hasta las 6 de la mañana, se bañaba, y a las 7 entraba nuevamente a trabajar. Por la tarde, de 5 a 12 de la noche, cursaba en la facultad. Su esposo era camionero y pasaba semanas enteras fuera de casa, por lo que ella se ocupaba de todo: los hijos, el hogar, el trabajo y los estudios.

En nueve años completó desde primer grado hasta la facultad. Nunca se llevó una materia. «A todo en mi vida le he puesto el pulmón. Yo siempre le he puesto el cien por cien a lo que hacía», afirma con orgullo.

El día que rindió su última materia, la profesora la aprobó con un ocho y le preguntó cuántas materias le faltaban. «Ninguna, profe. Esta es mi última materia», respondió. La docente la miró con una sonrisa y le dijo: «Yo sé dónde guardaste el archivo».

Cuando su título llegó, consiguió horas en el mismo CEPSA donde había aprendido a leer. Entrar por ese pasillo con su maletín, como profesora en el lugar donde había sido alumna y donde había llevado a sus hijos, fue un momento que no pudo contener: «Se me corría la lágrima y no podía llorar porque había un montón de chicos. Me daba vuelta y me secaba las lágrimas».

Durante más de 15 años se dedicó a la educación de adultos, su verdadera vocación. «La educación de adulto es mi regalo de Dios», dice. Enseñó economía, documentos comerciales, ley de contratos, y sobre todo, compartió su historia como testimonio de que nunca es tarde.

«Un día les dije en clase: si de algo les sirve, yo estuve sentada en un banco y ahora soy profesora. Yo hice mi secundaria en un CENS y ahora soy profesora», cuenta. Esas palabras tocaron fibras profundas. Muchos alumnos lloraban, no por ella, sino por sus propios sueños dormidos que despertaban al escucharla.

Los mensajes de exalumnos que hoy estudian en la facultad la llenan de emoción: «Gracias a usted, profe, por sus consejos, por su motivación, por su experiencia». María del Carmen no imaginaba que había sembrado tanto hasta que su historia se viralizó tras una nota en Canal 7.

Se jubiló hace un año con 16 años y medio como docente y 20 años de aportes como celadora. Aunque enfrenta problemas con su jubilación —le bajaron el sueldo al 50% cuando debería cobrar el 82%— y está en proceso legal para defender sus derechos, su espíritu de lucha permanece intacto.

Hoy, además, tiene un emprendimiento de perfumería desde hace diez años y planea perfeccionarse para obtener su título de perfumista. «Me gusta trabajar», dice simplemente.

Su mensaje es contundente y nace de la experiencia: «Nadie debe regalarte nada. No hay un sabor más hermoso en la vida que la lucha propia, que los logros personales. La vida te la tenés que ganar. Yo decía siempre: la vida es un monstruo, una especie de tiburón con la boca abierta. O te come o te la comés. Tú elegís».

María del Carmen Villegas eligió comerse al tiburón. Aprendió a leer a los 36 años, se recibió de profesora a los 44, y hoy, jubilada, sigue inspirando con una verdad incontrastable: mientras haya voluntad, ganas, vocación y apoyo, nada puede detenernos. Los sueños no tienen fecha de vencimiento.

Su historia es un espejo que nos recuerda que la educación es el único instrumento capaz de transformar vidas y cambiar destinos. Y que nunca, nunca es tarde para empezar.

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