CUANDO ÉRAMOS CHICOS: LA CALLE ERA NUESTRO MUNDIAL


Una pelota medio desinflada, dos piedras convertidas en arco y un grupo de amigos eran suficientes para organizar un mundial. En una emotiva editorial, Hugo Videla recordó aquella infancia en la que sobraban tiempo, imaginación, vecinos y ganas de jugar.

El periodista deportivo Hugo Videla presentó una nueva entrega de La Palabra no se mancha dentro del programa Antes de ver el Sol, por Ciudad FM 90.5. Bajo el título Cuando éramos chicos, unió el deporte y la literatura para reconstruir escenas que permanecen en la memoria de varias generaciones.

No había árbitros, VAR ni cámaras que revisaran cada jugada. Los partidos se organizaban en la calle, el baldío o cualquier espacio que permitiera correr detrás de una pelota. Las reglas podían cambiar en cualquier momento, pero existían dos acuerdos que nadie discutía: el último gol ganaba y, si el dueño de la pelota se enojaba, el encuentro terminaba.

Los chicos eran capaces de mirar El Chavo o El Zorro en la televisión y regresar inmediatamente a la calle para continuar jugando con amigos y vecinos. El partido solamente se detenía cuando llegaba la noche o cuando una madre gritaba desde la puerta que era hora de comer.

En aquellos encuentros no había camisetas oficiales, estadios ni botines costosos. La imaginación transformaba las piedras en arcos, las veredas en tribunas y cada pelota en el centro de un campeonato decisivo.

El juego del 25 también formó parte de esa memoria compartida. No era necesario explicar demasiado sus reglas: tres o cuatro participantes, una pelota y un toque por jugador. Los goles de taco valían doble y una chilena perfecta podía definir el partido y entregar la gloria.

Videla también recordó los recreos escolares. El guardapolvo blanco podía llegar impecable al aula, pero difícilmente sobrevivía en las mismas condiciones al primer descanso. Después aparecían el fútbol, la mancha, la escondida, las caídas sobre la tierra y, finalmente, el llamado de atención al regresar a casa.

“Éramos chicos y teníamos tiempo. Ese era quizás nuestro mayor lujo”, expresó en uno de los pasajes más significativos de la editorial.

La reflexión puso el foco sobre un elemento que parece sencillo, pero que marcó aquella infancia: el tiempo para jugar, reunirse e incluso aburrirse. De ese aburrimiento nacían mundos imaginarios capaces de transformar cualquier objeto cotidiano.

Una caja podía convertirse en un automóvil, una rama en una espada, una carpa en un refugio y una escoba en un caballo. No se necesitaban dispositivos sofisticados porque la creatividad permitía construir historias, aventuras y competencias con los elementos que estuvieran disponibles.

“No necesitábamos Wi-Fi ni redes sociales porque teníamos vecinos”, sostuvo Videla.

Tampoco era necesario enviar un mensaje para saber dónde estaba un amigo. Los chicos caminaban hasta su casa, golpeaban las manos desde la vereda o recorrían el barrio hasta encontrarlo. La amistad no dependía de una conexión digital, sino de la presencia, el encuentro y el tiempo compartido.

“No necesitábamos PlayStation porque teníamos calle”, resumió.

La editorial no planteó que las nuevas formas de entretenimiento sean necesariamente negativas. Videla reconoció que cada época tiene sus propios códigos, juguetes, palabras y maneras de relacionarse.

En la actualidad, los videojuegos, internet y las redes sociales permiten acceder a mundos enteros desde una pantalla. Las posibilidades son diferentes y forman parte de una transformación cultural que atraviesa a las nuevas generaciones.

Sin embargo, el periodista propuso cuidar algo que no debería desaparecer: la posibilidad de que los chicos tengan vínculos reales, corran, jueguen, exploren y compartan tiempo fuera de las pantallas.

“Que los chicos sigan teniendo amigos, amigos de verdad, de carne y hueso”, expresó.

La preocupación no pasa por enfrentar una generación con otra ni por presentar el pasado como una época perfecta. El planteo busca conservar experiencias esenciales de la infancia, aunque los juguetes y las formas de comunicación hayan cambiado.

Videla habló de chicos que puedan embarrarse, correr hasta quedarse sin aire y escuchar alguna vez el llamado de una madre desde la puerta. Del otro lado, como ocurría en tantos barrios, siempre aparecía una respuesta rápida: “Ya voy”.

Ser chico también significaba regresar a casa con las rodillas raspadas, las zapatillas descocidas y alguna explicación pendiente por la ropa manchada. Esas marcas eran parte de una jornada llena de movimiento, amistades y aventuras.

La felicidad no dependía de tener demasiadas cosas. Alcanzaba con saber que al día siguiente, después de la escuela, volverían a encontrarse los mismos amigos para comenzar otro partido.

“Volver a casa con las rodillas raspadas, las zapatillas descocidas y la certeza de que mañana, después de la escuela, teníamos otro mundial en el barrio”, relató Videla.

En ese estadio imaginario podía surgir una jugada que sería recordada durante años. Un gol anotado en el momento justo permitía que uno de los chicos se quedara con la gloria eterna, aunque solamente hubiera sido presenciado por un puñado de amigos.

Cuando éramos chicos recupera esa infancia construida con elementos sencillos, encuentros espontáneos y horas enteras de juego. También deja una invitación para el presente: permitir que las nuevas generaciones conserven la tecnología, pero sin perder el contacto, la imaginación, la calle y los amigos de verdad.

La editorial completa de Hugo Videla puede escucharse y verse a través de las plataformas de Ciudad FM. La Palabra no se mancha forma parte de Antes de ver el Sol y cuenta con el acompañamiento de Minimercado Carpe Diem, de los mellizos Rodas, ubicado en San Isidro esquina Perón, Rivadavia.

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