En La Brújula tuvimos el placer de recibir a Mariano, conocido artísticamente como Mataca, un talentoso muralista de Junín cuya carrera ha dejado una huella en su comunidad y en el mundo del arte urbano. Mataca, un artista con una visión clara y una fascinación por el arte en espacios públicos, nos relató cómo su inquietud y pasión por expresarse lo llevaron a pintar su primer mural en el cementerio de Junín, y cómo esta obra generó una intensa controversia y un misticismo en el pueblo.

Desde joven, Mariano sintió que la arquitectura no le permitiría expresarse plenamente, así que, inspirado por muralistas europeos y latinoamericanos, buscó en el arte urbano la forma de canalizar su crítica social y su deseo de conectar con su comunidad. En sus palabras, la pintura mural permite compartir un mensaje poderoso directamente en los espacios donde la gente convive y trabaja, acercando el arte a personas que no siempre tienen acceso a galerías o museos.

Sin embargo, fue su primera obra en el cementerio de Junín la que realmente definió su camino y marcó un antes y después. Con una imagen poderosa y simbólica de un buey y una lechuza en sillones, la obra fue malinterpretada por algunos vecinos, quienes llegaron a pensar que era el trabajo de una bruja, lo que causó tal revuelo que incluso intervinieron la iglesia y la municipalidad. Mataca nos relató entre risas cómo la policía llegó a interrogarlo sobre sus creencias y hasta sus gustos musicales, pensando que estaba realizando un ritual satánico.

La anécdota mostró la resiliencia de Mariano para mantenerse fiel a su expresión artística y, al mismo tiempo, aprender a adaptarse al entorno sin perder su autenticidad. Este evento lo llevó a ampliar su trabajo hacia el letrismo comercial, realizando murales para tiendas y locales, algo que le ha permitido vivir de su arte sin perder la esencia de su mensaje y su compromiso social.

Además de su trayectoria, Mataca compartió su perspectiva sobre el muralismo como una expresión global, aunque con marcadas influencias regionales. Nos habló de cómo cada muralista integra en su obra los elementos culturales y sociales que los rodean, creando piezas que resuenan en su contexto y, a la vez, se pueden entender en cualquier parte del mundo.

Sin duda, Mataca es un ejemplo de cómo el arte urbano no solo embellece el espacio público, sino que se convierte en una herramienta de sanación personal y de diálogo con la comunidad.

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