La derrota de la Selección Argentina ante España abrió interrogantes que superan ampliamente el resultado deportivo. ¿Por qué perder una final provoca tanta tristeza? ¿Terminar en segundo lugar representa un fracaso? ¿Cómo pueden los adultos convertir esa frustración en una enseñanza para los más chicos?
El licenciado en Psicología Walter Motilla analizó en Antes de Ver el Sol, por Ciudad FM 90.5, el impacto emocional que puede producir una derrota y sostuvo que perder duele, pero no necesariamente significa haber fracasado. Para el profesional, aceptar aquello que no pudo concretarse, rescatar lo aprendido y construir una nueva expectativa son movimientos fundamentales para procesar una caída.
Durante la entrevista conducida por Hugo Lombardi y Susana Gómez, Motilla planteó que una derrota importante obliga a atravesar distintas etapas psicológicas. La primera consiste en aceptar que el objetivo no pudo alcanzarse. La segunda implica reconocer lo aprendido durante el camino. Finalmente, aparece la necesidad de reorganizarse y comenzar a proyectar nuevamente.
“Una derrota importante suele obligarnos a hacer tres movimientos psicológicos: aceptar lo que no pudo ser, rescatar lo aprendido y volver a construir una expectativa”, explicó.
Desde esa perspectiva, la resiliencia no consiste en actuar como si nada hubiera sucedido. El dolor, la tristeza y la frustración forman parte del proceso, pero pueden transformarse en herramientas para continuar.
“La resiliencia no es levantarse como si nada hubiera pasado, sino levantarse habiendo aprendido algo de la caída”, sostuvo Motilla.
El psicólogo remarcó que la Selección Argentina llegó nuevamente a una final mundial y compitió entre los mejores equipos. Aunque no consiguió el título, consideró que el recorrido deportivo construido no debería desaparecer detrás del resultado del último partido.
Una de las claves para procesar una derrota está relacionada con la forma en que cada persona construye su propio valor. Según Motilla, cuando alguien considera que solamente vale si gana, cualquier caída puede convertirse en una experiencia devastadora. En cambio, cuando comprende que su identidad no depende exclusivamente del resultado, puede sufrir, aprender y continuar.
“Perder duele, pero no siempre significa fracasar”, afirmó.
El profesional señaló que esa reflexión no se limita al deporte. En la vida cotidiana también existen proyectos, relaciones, trabajos y objetivos que pueden no desarrollarse de acuerdo con lo esperado, incluso cuando hubo compromiso y esfuerzo.
El deseo, explicó, no garantiza por sí solo un resultado. La fortaleza aparece cuando una persona logra reorganizarse después de comprobar que la realidad no coincidió con sus expectativas.
Motilla también analizó la presión que recibió el seleccionado durante el torneo. Las críticas, los cuestionamientos y la exposición permanente pueden representar un peso adicional para quienes asumen la responsabilidad de representar a un país.
Para describir esa exposición utilizó la idea de que el elemento que sobresale suele convertirse en blanco de críticas y ataques. En ese contexto, consideró fundamental que cada integrante del equipo pueda comprender qué está ocurriendo, separar los cuestionamientos constructivos de aquellos que buscan provocar daño y mantener la concentración.
El profesional planteó además que el fútbol funciona como un espejo de la realidad argentina. No representa únicamente una pelota, un gol o una copa, sino que concentra expectativas, frustraciones, deseos colectivos y necesidades emocionales.
Durante el Mundial, millones de personas compartieron horarios, conversaciones, rituales y una expectativa común. La identificación fue tan intensa que los hinchas hablaban en primera persona: “ganamos” o “perdimos”, aunque ninguno hubiera participado directamente del partido.
Esa identificación colectiva permite explicar por qué una derrota deportiva puede generar una sensación tan profunda. La tristeza no surge únicamente por el resultado, sino también por la interrupción de una experiencia compartida que durante varias semanas ocupó un lugar central en la vida cotidiana.
Motilla describió esta etapa como un “vacío post Mundial”. Finalizada la competencia, muchas personas no extrañan solamente los encuentros deportivos, sino también la preparación previa, las reuniones familiares, las conversaciones diarias y la sensación de pertenecer a algo más grande.
Para algunos, el torneo funcionó como entretenimiento. Para otros, representó identidad y unión. También pudo convertirse en un refugio temporal frente a preocupaciones económicas, personales o familiares que, una vez terminada la competencia, volvieron a ocupar el primer plano.
“El Mundial es como un enamoramiento”, comparó el especialista. Durante la competencia existe novedad, expectativa, deseo de conexión y conversaciones permanentes. Cuando finaliza, puede aparecer una especie de abstinencia emocional.
Ese estado no debería confundirse automáticamente con un problema psicológico. Es normal que algunas personas necesiten horas o días para procesar la derrota. Sin embargo, Motilla advirtió sobre la posibilidad de quedar excesivamente atrapados en el resultado, hablando durante semanas únicamente de lo ocurrido y sin poder cerrar emocionalmente la experiencia.
El dolor, según explicó, es proporcional a la ilusión depositada. La tristeza no demuestra debilidad, sino que evidencia cuánto importaba aquello que se perdió. La clave está en permitir que la emoción circule sin convertirla en una condición permanente.
“La derrota también educa”, aseguró.
Uno de los aspectos centrales de la entrevista estuvo relacionado con la responsabilidad de los adultos frente a los niños. Motilla explicó que durante las primeras etapas de la vida gran parte del aprendizaje se produce mediante la observación de los modelos familiares.
Si un padre arroja objetos, insulta a los jugadores o demuestra que no puede tolerar una derrota, transmite a sus hijos una forma destructiva de reaccionar frente a la frustración. En cambio, reconocer el esfuerzo, valorar el recorrido y acompañar al equipo aun cuando no ganó puede convertirse en una enseñanza más saludable.
El psicólogo recordó una frase que recibió durante su infancia: a su familia no le importaba que llegara primero, sino que llegara y supiera que estarían esperándolo. Esa mirada le permitió comprender que el éxito no depende solamente del puesto obtenido, sino también de la capacidad de sostener el esfuerzo.
Para Motilla, haber alcanzado una final demuestra que existió un recorrido valioso. La derrota en el último partido no borra los encuentros anteriores, las dificultades superadas ni la capacidad del equipo para responder frente a situaciones adversas.
“El éxito no consiste en levantar una copa, sino en levantarnos del piso cuando estamos caídos”, expresó.
El profesional vinculó esta idea con una frase pronunciada por el entrenador argentino sobre la capacidad del equipo para aparecer en los momentos de incomodidad. Motilla explicó que, frente a una amenaza o situación adversa, el organismo activa mecanismos relacionados con la supervivencia y puede liberar recursos que permanecían ocultos.
Ese fenómeno permite comprender por qué algunas personas o equipos consiguen respuestas inesperadas en los momentos de mayor presión. Sin embargo, la reacción posterior también requiere reflexión, aprendizaje y capacidad para continuar.
“Un pueblo resiliente no es el que nunca pierde, sino el que puede llorar una derrota sin perder la esperanza, la dignidad ni las ganas de volver a empezar”, manifestó.
El desafío posterior al Mundial consiste en trasladar la emoción colectiva a otras áreas. Motilla propuso llevar esa misma pasión a los vínculos familiares, el trabajo, los proyectos personales y la vida cotidiana.
Durante la conversación también compartió una experiencia personal en la que estuvo cerca de perder la vida tras sufrir una obstrucción respiratoria. A partir de ese episodio, comenzó a valorar con mayor intensidad los acontecimientos pequeños y decidió avanzar en la escritura de una novela.
Esa vivencia reforzó su mirada sobre la importancia de apreciar aquello que suele pasar inadvertido: un árbol, una flor que crece en condiciones adversas, el trabajo, la comida sobre la mesa o la posibilidad de compartir tiempo con otras personas.
Para el psicólogo, la enseñanza de una derrota no consiste en negar el dolor ni en repetir que el resultado no importa. El objetivo es reconocer la tristeza, entender qué expectativas estaban depositadas y utilizar la experiencia para desarrollar una relación más saludable con el éxito y el fracaso.
La Selección Argentina no consiguió la copa, pero volvió a protagonizar una final y generó una experiencia colectiva que movilizó al país. El desafío emocional será aprender de la caída, valorar el camino construido y recuperar la capacidad de proyectar.
La entrevista completa a Walter Motilla puede verse en las plataformas digitales de Ciudad FM 90.5.








































