El festival «Rivadavia Canta al País» ha sido, durante décadas, un símbolo de identidad y orgullo para los rivadavienses. Un evento que no solo celebra la cultura y la música, sino que también reúne a las familias, fortalece el tejido social y promueve el turismo en la región. Sin embargo, la edición 2025 de este emblemático festival ha dejado un sabor amargo en la comunidad, evidenciando una gestión municipal que parece haber perdido el rumbo y, lo que es peor, el respeto por su pueblo.
La suspensión del festival en 2024 bajo la excusa de que la gestión anterior había dejado el municipio sin recursos fue el primer indicio de que algo no estaba bien. Hoy, a la luz de los hechos, queda claro que aquella justificación no fue más que una mentira destinada a generar descontento hacia la administración saliente y a crear una grieta política. Una estrategia que, lejos de unir, buscó dividir a los rivadavienses, subestimando su inteligencia y su capacidad de discernimiento.
Pero el verdadero escándalo llegó en 2025, cuando la gestión de Ricardo Mansur decidió organizar un «megafestival» con un costo cercano a los $1.500 millones de pesos. Una cifra que, en lugar de destinarse a obras urgentes, seguridad, limpieza o ayuda social, se dilapidó en un evento que terminó siendo un fracaso rotundo en convocatoria y organización.
450 millones de pesos en sonido e iluminación para tres escenarios.
199 millones de pesos para Airbag,
114 millones para La K’onga
48 millones para El Chaqueño Palavecino.
16 millones de pesos en un servicio de streaming.
Y la suma sigue…
Un festival para pocos, un desprecio para muchos
El festival de este año se caracterizó por su exclusividad y su falta de sensibilidad hacia las necesidades reales de la comunidad. Con entradas que alcanzaron los $28.000 pesos, una familia tipo necesitaba desembolsar más de $110.000 pesos por día, solo para ingresar al predio. Si a eso le sumamos el costo de la comida y otros gastos, el monto se elevaba a unos $150.000 pesos. Una cifra prohibitiva para la mayoría de los rivadavienses, quienes en ediciones anteriores disfrutaron de beneficios como el 2×1, descuentos para empleados municipales y bonos accesibles.
Ante el fracaso en convocatoria que no llegó a superar las 30 mil personas entre las 4 noches, que ya era evidente muchos días antes, la gestión de Mansur tuvo la oportunidad de rectificar y mostrar empatía con el pueblo. Sin embargo, en lugar de bajar el precio de las entradas o implementar medidas inclusivas, eligió despreciar las necesidades y la realidad económica de los rivadavienses. Peor aún, aumentó el valor de las entradas, profundizando la exclusión y demostrando una vez más su desconexión con la gente.
¿Qué hubiera costado, en lugar de aumentar los precios, permitir el ingreso con un alimento no perecedero o un útil escolar? Una medida sencilla que no solo habría paliado las necesidades de los productores locales, quienes este año la están pasado muy mal debido a las inclemencias climáticas y la pérdida de cosechas, sino que también habría permitido que más familias disfrutaran del festival. Pero no, la soberbia y la falta de visión de esta gestión prefirieron priorizar el negocio sobre el bienestar de la comunidad.
Además, la falta de respeto hacia los artistas locales fue otro punto negro en esta edición. Talentos locales como Los Filippis, Eli Moreira, Los Soñadores, Mabel Quiroga y un artista nacional como Lázaro Caballero, fueron relegados al «Patio Cuyano», un escenario en el anfiteatro con capacidad para 9.000 personas que apenas reunió un poco más 1.000 espectadores entre las 4 noches. Una decisión que no solo menospreció a estos artistas, sino que también ignoró la importancia de promover la cultura local. Detrás de escenas, la organización fue caótica: demoras, pruebas de sonido bajo el calor del día a artistas adultos mayores que los hicieron esperar por horas, discusiones entre los organizadores que reflejaron una falta de profesionalismo y empatía.
Contradicciones que hablan de una gestión mediocre
Las contradicciones de esta gestión son tan evidentes como preocupantes. Mientras se destinaban cerca de $1.500 millones a un festival que no cumplió con las expectativas, el presupuesto municipal de 2024 apenas asignó un 3% a obras públicas. ¿Cuántas calles podrían haberse asfaltado con ese dinero? ¿Cuántas luminarias podrían haberse instalado? ¿Cuántos servicios podrían haberse mejorado? Las preguntas sobran, pero las respuestas brillan por su ausencia.
«Un festival que no es de ellos, sino del pueblo».
El festival «Rivadavia Canta al País» no le pertenece a Ricardo Mansur ni a su partido, «Sembrar». Es un patrimonio del pueblo rivadaviense, una tradición que debe ser cuidada y respetada. Sin embargo, esta gestión ha convertido el evento en un negocio personal, alejándolo de su esencia comunitaria y transformándolo en un espectáculo elitista y excluyente.
Las redes sociales están inundadas de reclamos ciudadanos que exigen más seguridad, más limpieza, más obras y mejores servicios. Demandas que han sido ignoradas en favor de un festival que, lejos de unir, ha dejado en evidencia la desconexión de Mansur y su equipo con la realidad de los rivadavienses.
La soberbia no es el camino
Mansur y su gestión han demostrado que la soberbia puede más que el sentido común. Mientras las familias de productores sufren las consecuencias de las inclemencias climáticas y la pérdida de cosechas, mientras los distritos reclaman más seguridad por que eliminó los recorridos de preventores y piden mejoras en los servicios básicos, luminarias, esta administración prefiere gastar millones en un evento que no cumple con su propósito.
El festival de este año no solo fue un fracaso en términos de convocatoria, sino también una estafa al pueblo. Una muestra más de que esta gestión, lejos de ser un cambio positivo, ha sido una de las más mediocres de los últimos 25 años.
«El pueblo tiene memoria»
Los rivadavienses no olvidan. No olvidan las promesas incumplidas, los recursos malgastados ni el desprecio hacia sus necesidades. Mansur y su partido pueden intentar tapar su mediocridad con obras de último momento en un año electoral como este 2025, pero el pueblo ya no se deja engañar.
El festival «Rivadavia Canta al País» debe volver a ser lo que siempre fue: un evento inclusivo, accesible y representativo de la identidad rivadaviense. Un evento que celebre la cultura, una a las familias y fortalezca el orgullo de pertenecer a este departamento. Pero para eso, necesitamos una gestión que escuche, que respete y que priorice el bienestar de su gente por encima de intereses particulares.
Porque, al final del día, «con asfalto no se come» como dijo Mansur en un discurso , pero tampoco se come con festivales millonarios que solo benefician a unos pocos. El cambio que Rivadavia necesita no está en la soberbia, sino en la humildad de servir al pueblo. Y eso, lamentablemente, es algo que esta gestión no ha entendido.
Por amor a Rivadavia, exijamos una gestión que realmente nos represente.
Mansur prometió gobernar “por amor a Rivadavia”, pero hoy queda claro que ese amor solo era un eslogan vacío, una falacia. Más del 50% de los ciudadanos ya le soltaron la mano, y aunque intenten comprar voluntades con obras a última hora, la verdad es que ya fracasaron.
El festival fracasó. La gestión de Mansur también.
La gran falacia de “Por amor a Rivadavia” ya no la cree nadie.
Ahora la pregunta es: ¿los rivadavienses permitirán que siga este modelo de despilfarro y abandono?
Imágenes de personas que asistieron al festival




















































