Claudio Daniel Aguilera

Por Claudio Daniel Aguilera

En distintos municipios y provincias del país, el calendario electoral se descompagina del nacional. Intendentes y gobernadores toman una decisión que, aunque legal, tiene un trasfondo político evidente: desdoblar las elecciones. Separar la elección local de la nacional no es una decisión técnica ni casual. Es una jugada con nombre y apellido: 𝙩𝙚𝙢𝙤𝙧 𝙖𝙡 𝙘𝙖𝙨𝙩𝙞𝙜𝙤 𝙙𝙚𝙡 𝙫𝙤𝙩𝙤 𝙥𝙤𝙥𝙪𝙡𝙖𝙧.

La ley lo permite, claro. Cada jurisdicción tiene autonomía para fijar su propia fecha. Pero lo que se presenta como una medida “administrativa” es, en realidad, una estrategia política cuidadosamente calculada. Especialmente en contextos donde la imagen del gobierno está desgastada o la gestión ha perdido conexión con las demandas reales de la gente.

¿𝘿𝙚𝙨𝙙𝙤𝙗𝙡𝙖𝙧 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙥𝙧𝙤𝙩𝙚𝙜𝙚𝙧𝙨𝙚?

Uno de los motivos más frecuentes del desdoblamiento es evitar el llamado “𝙚𝙛𝙚𝙘𝙩𝙤 𝙖𝙧𝙧𝙖𝙨𝙩𝙧𝙚”. Cuando las elecciones se celebran de forma conjunta, la boleta nacional puede influir en el voto de cargos provinciales o municipales. Si el gobierno nacional está mal posicionado, los intendentes y gobernadores temen ser arrastrados por ese rechazo. Separarse de esa marea les da una oportunidad de controlar mejor su campaña, poner el foco en su gestión y despegarse del humor general del electorado.

Lo mismo ocurre a la inversa: cuando el oficialismo nacional atraviesa un buen momento, muchos se alinean para aprovechar el envión. Es decir, se desdobla 𝙣𝙤 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙗𝙚𝙣𝙚𝙛𝙞𝙘𝙞𝙖𝙧 𝙖𝙡 𝙫𝙤𝙩𝙖𝙣𝙩𝙚, 𝙨𝙞𝙣𝙤 𝙥𝙖𝙧𝙖 𝙢𝙖𝙭𝙞𝙢𝙞𝙯𝙖𝙧 𝙡𝙤𝙨 𝙥𝙧𝙤𝙥𝙞𝙤𝙨 𝙞𝙣𝙩𝙚𝙧𝙚𝙨𝙚𝙨.
𝐄𝐥 𝐜𝐚𝐥𝐞𝐧𝐝𝐚𝐫𝐢𝐨 𝐬𝐞 𝐚𝐜𝐨𝐦𝐨𝐝𝐚 𝐚𝐥 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫, 𝐧𝐨 𝐚 𝐥𝐚 𝐝𝐞𝐦𝐨𝐜𝐫𝐚𝐜𝐢𝐚.

Que pasa en Mendoza

En varios departamentos, entre ellos Rivadavia, esta práctica toma una dimensión aún más evidente. Se ha optado por desdoblar para evitar que las posibles malas decisiones de la gestión local —ajustes, aumentos de tasas, recortes, falta de respuestas, gastos innecesarios— se vean amplificadas por un rechazo más generalizado. Es un intento de aislar el problema, cuando en realidad el problema está en la gestión misma de las comunas. Esto se da también en caso inversa, aprovechar el envión del arrastre para sacar a flote una gestión mediocre.

Pero los vecinos lo ven. Saben que esta movida no busca claridad electoral, sino una ventaja táctica. Y eso genera desconfianza. Por eso no sorprenden los altos niveles de abstención: la gente ya no vota con esperanza, sino con hastío. O directamente no vota.

𝙀𝙡 𝙧𝙞𝙚𝙨𝙜𝙤 𝙙𝙚 𝙛𝙧𝙖𝙜𝙢𝙚𝙣𝙩𝙖𝙧 𝙡𝙖 𝙙𝙚𝙢𝙤𝙘𝙧𝙖𝙘𝙞𝙖

Desdoblar elecciones implica más jornadas electorales, 𝙢á𝙨 𝙜𝙖𝙨𝙩𝙤 𝙥ú𝙗𝙡𝙞𝙘𝙤 y más desconexión entre lo local y lo nacional. Fragmenta el debate, debilita la visión integral de país y, sobre todo, aleja al ciudadano. El votante termina confundido, desmotivado, desorientado. Y cuando eso ocurre, la democracia pierde fuerza.

Más grave aún: el desdoblamiento es síntoma de que muchos gobiernos ya no confían en el poder de las ideas, sino en el uso estratégico del calendario. En vez de enfrentar a la ciudadanía con transparencia, optan por esquivar la crítica con ingeniería electoral.

¿𝙈𝙞𝙚𝙙𝙤 𝙖 𝙥𝙚𝙧𝙙𝙚𝙧 𝙤 𝙘𝙤𝙢𝙥𝙧𝙤𝙢𝙞𝙨𝙤 𝙖 𝙜𝙤𝙗𝙚𝙧𝙣𝙖𝙧?

La verdadera pregunta es: ¿se desdoblan las elecciones por convicción democrática o por miedo a perder?
Si un gobierno está seguro de su gestión, 𝙣𝙤 𝙙𝙚𝙗𝙚𝙧í𝙖 𝙩𝙚𝙢𝙚𝙧 𝙘𝙤𝙢𝙥𝙖𝙧𝙩𝙞𝙧 𝙡𝙖 𝙗𝙤𝙡𝙚𝙩𝙖. Si los partidos creen en sus propuestas, 𝙣𝙤 𝙙𝙚𝙗𝙚𝙧í𝙖𝙣 𝙩𝙚𝙢𝙚𝙧 𝙘𝙤𝙢𝙥𝙚𝙩𝙞𝙧 𝙚𝙣 𝙘𝙪𝙖𝙡𝙦𝙪𝙞𝙚𝙧 𝙚𝙨𝙘𝙚𝙣𝙖𝙧𝙞𝙤. Pero cuando lo que se busca es aislarse para no pagar el precio de los errores, queda claro que 𝙡𝙖 𝙥𝙧𝙞𝙤𝙧𝙞𝙙𝙖𝙙 𝙣𝙤 𝙚𝙨 𝙚𝙡 𝙥𝙪𝙚𝙗𝙡𝙤, 𝙨𝙞𝙣𝙤 𝙡𝙖 𝙥𝙚𝙧𝙢𝙖𝙣𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙚𝙣 𝙚𝙡 𝙥𝙤𝙙𝙚𝙧.

Y es ahí donde la ciudadanía tiene la oportunidad de despertar. Porque cuando los de arriba acomodan las reglas del juego, los de abajo empiezan a mirar con otros ojos.

Quizás esta vez, el 𝐜𝐚𝐜𝐡𝐞𝐭𝐚𝐳𝐨 venga del voto silencioso, pero contundente, de un pueblo que entendió que ya no se trata solo de votar, sino de elegir con conciencia.
Porque en democracia, el poder no se defiende con maniobras, se legitima con hechos. Y se mantiene con verdad.

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