Por Fer Andrada
En la edición del martes de La Brújula, Lucky Chirino volvió a tomar el micrófono para abrir su corazón en una de esas editoriales que no solo interpelan, sino que movilizan. Lo hizo con la sencillez de quien observa el mundo desde lo cotidiano: su peluquería, su entorno laboral, su equipo de radio. Pero también con la profundidad de alguien que entiende que los medios, como las personas, tienen un rol. Y que ese rol puede cambiar realidades.
Desde una perspectiva íntima y comprometida, Chirino reflexionó sobre el sentido de pertenencia y el valor de ser parte de un colectivo que no solo comunica, sino que construye. Mencionó con afecto a sus compañeros de La Brújula: a Daniel Aguilera y su mirada sobre el turismo local; a «Fosfito» Moreno, con su fe incansable en la bondad humana; y a Malvinas, con su sensibilidad docente y esa «coquetería bien entendida» que traduce en gestos nobles como rescatar el valor simbólico de un pañuelo.
Pero el punto más alto del editorial fue, sin dudas, su llamado a la acción. Un mensaje directo, cálido, urgente: donar lo que no usamos, entregar lo que ya no necesitamos, sin ostentación ni necesidad de reconocimiento.
«Olvídense del programa, olvídense de escucharme», dijo Lucky con emoción contenida. E invitó a abrir los roperos, a revisar los cajones, a elegir esa prenda olvidada —ese pulóver que abriga o esa campera que incomoda— y pensar en una familia que hoy lo necesita. No a través de grandes instituciones, sino en el gesto directo: con el vecino, con esa mamá que sufre el frío, con la sencillez de un acto humano que no espera aplausos.
Consciente de que el ego suele interferir en los actos de generosidad, propuso algo distinto: donar en silencio, limpiar lo que se da, entregarlo con respeto y humildad. No porque sobre, sino porque se comprende el valor que eso tiene para otro.
“Regálese el honor de ser humano”, cerró Chirino, con una frase que quedó resonando en el aire, como un susurro que se transforma en eco.
Porque a veces, las grandes transformaciones empiezan con un abrigo viejo… y el corazón bien despierto.












































