La licenciada en Psicología Patricia Berríos advirtió que la obesidad infantil es una enfermedad crónica que debe abordarse de manera integral, sin culpabilizar al niño ni centrar el tratamiento únicamente en su peso. La profesional explicó que las emociones, el entorno familiar, el bullying y la utilización de alimentos como premio pueden influir directamente en la problemática.

Durante una entrevista en Hola Gente, por Ciudad FM 90.5, Berríos destacó que la detección temprana, el acompañamiento profesional y la participación de toda la familia resultan fundamentales para prevenir complicaciones físicas y emocionales durante la adolescencia y la vida adulta.

Patricia Berríos, licenciada en Psicología e integrante de PAINOS, el Programa de Atención Integral del Niño con Obesidad y Sobrepeso, analizó el impacto físico, psicológico y social de una problemática que puede comenzar durante los primeros años de vida.

En diálogo con Oscar Mila, Celeste González y Pilar Campagnolo, la especialista explicó que la obesidad se caracteriza por un exceso de grasa corporal perjudicial para la salud del niño, tanto desde el punto de vista físico como emocional.

“La obesidad es una enfermedad crónica que se caracteriza por un exceso de grasa corporal perjudicial para la salud del chico”, explicó.

Berríos señaló que los equipos pediátricos detectan situaciones de sobrepeso y obesidad a edades cada vez más tempranas. En el programa hospitalario reciben niños desde aproximadamente un año de edad, por lo que remarcó la importancia de no postergar la consulta cuando existe alguna inquietud.

La intervención temprana permite comenzar a modificar conductas antes de que la problemática se profundice y aparezcan complicaciones que puedan extenderse hasta la vida adulta.

La psicóloga explicó que la obesidad infantil no puede analizarse solamente a partir de la alimentación o de la cantidad de actividad física realizada por el niño. En muchos casos existe una relación directa con situaciones afectivas, emocionales o familiares.

Detrás del aumento de peso puede haber malestares que encuentran en la comida una forma momentánea de alivio. Al mismo tiempo, el sobrepeso puede generar nuevas consecuencias emocionales relacionadas con la mirada del entorno, la discriminación y el deterioro de la autoestima.

“Las emociones están presentes como condicionantes y también como consecuencias de la obesidad”, sostuvo.

Berríos aclaró que no existe un indicador único que permita determinar inmediatamente si un niño come por hambre o para regular sus emociones. Por esa razón, el equipo realiza una evaluación integral que incluye la conducta alimentaria, el contexto familiar, la experiencia escolar y los acontecimientos que rodean al niño.

La observación de los adultos resulta fundamental. Los padres o responsables deben prestar atención no solamente al momento de la comida, sino también al estado de ánimo, las rutinas, el aburrimiento, la falta de estímulos y las situaciones que pueden provocar angustia o frustración.

En ese contexto, los productos ultraprocesados pueden transformarse en una respuesta inmediata frente al malestar. La profesional indicó que muchos de estos productos fueron diseñados para resultar especialmente atractivos y generar una sensación rápida de placer, calma o saciedad.

Sin embargo, ese alivio es momentáneo y no resuelve la emoción que originó la conducta.

“La comida puede pasar a ser una especie de calmante inmediato, pero después vuelve a aparecer el malestar”, señaló.

Otro de los ejes centrales de la entrevista fue el bullying. Berríos lo definió como una forma de acoso sistemático que se repite en el tiempo, dentro de una relación percibida como desigual y con un entorno que muchas veces observa, minimiza o valida la agresión.

En los niños con sobrepeso u obesidad, estas situaciones pueden afectar profundamente la autoestima y la emocionalidad. Además, el hostigamiento puede intensificar la propia problemática si el niño vuelve a refugiarse en la comida como respuesta frente a la angustia.

La intervención de los adultos debe alcanzar tanto al niño que atraviesa el acoso como a quien lo ejerce. La escuela, la familia y las demás personas responsables no deben minimizar las agresiones ni considerar que se trata de una situación normal entre compañeros.

Berríos también se refirió a la relación entre la obesidad y los trastornos de la conducta alimentaria. Explicó que ambas problemáticas pueden compartir conflictos relacionados con el cuerpo, la imagen y la manera en que una persona se vincula con los alimentos.

Por ese motivo, el abordaje profesional no debe poner toda la atención en la balanza, el aspecto físico o la imposición de dietas estrictas.

En el programa PAINOS se trabaja sobre el cuidado del cuerpo, el bienestar general, la relación con la alimentación y la construcción de hábitos sostenibles. El objetivo no consiste en exigirle al niño que se prive mientras el resto de la familia mantiene las mismas costumbres.

“Nunca se pone el foco únicamente en el peso o en la imagen corporal, sino en el cuidado del cuerpo y en el bienestar general”, explicó.

La profesional advirtió que una intervención excesivamente restrictiva también puede generar consecuencias negativas y favorecer una relación conflictiva con la comida. Por eso, cada tratamiento debe adaptarse a la realidad particular del niño y de su familia.

Una familia que vive en una zona urbana puede tener rutinas, posibilidades y dificultades diferentes de otra que vive en una zona rural. Las recomendaciones deben ser posibles de cumplir y mantenerse en el tiempo.

La utilización de golosinas como recompensa fue otro de los temas abordados. Berríos explicó que se trata de una costumbre socialmente aceptada dentro de muchas familias, aunque puede generar asociaciones que no resultan saludables.

Cuando los adultos ofrecen chocolates, helados, gaseosas o golosinas por una buena conducta, el niño comienza a vincular el reconocimiento, el bienestar y el afecto con esos productos.

En ocasiones, incluso, son los propios adultos quienes crean una demanda que el niño todavía no tenía. Se compra una golosina como gesto de cariño o como premio, aunque el menor no la haya solicitado.

La psicóloga aclaró que no se trata de demonizar esos alimentos ni de prohibir completamente su consumo. La recomendación es que sean ocasionales y que no se conviertan en la elección cotidiana o en el centro de la alimentación infantil.

“El consumo debería ser ocasional y no habitual”, afirmó.

Berríos relató que algunos niños llegan a la consulta consumiendo golosinas todos los días o teniendo a la gaseosa como bebida habitual. Según lo expresado durante la entrevista, el equipo ha recibido casos de niños pequeños que utilizaban mamaderas con gaseosa o jugos y que prácticamente no habían incorporado el agua a su rutina.

La profesional sostuvo que la toma de conciencia de los adultos es el primer paso para modificar estas conductas. También advirtió que, si la problemática no se aborda durante la infancia, puede incrementar a futuro el impacto de enfermedades crónicas asociadas con la obesidad.

La motivación del niño debe construirse principalmente a través del ejemplo. Los menores aprenden observando lo que sucede en sus entornos más cercanos, especialmente dentro de la familia.

Si los padres pretenden que el niño coma de manera variada, realice actividad física y reduzca el consumo habitual de determinados productos, deben incorporar esos mismos cambios a su vida cotidiana.

“El niño no es quien tiene que hacer dieta mientras los demás siguen igual. Los cambios se hacen juntos”, explicó la licenciada.

La especialista remarcó que padres, abuelos, tíos y padrinos forman parte del proceso. El éxito del tratamiento no depende exclusivamente de la voluntad del niño, sino de la capacidad de los adultos para crear un entorno que acompañe.

En lugar de exigir grandes transformaciones inmediatas, el equipo propone metas pequeñas y sostenibles. Estas pueden incluir modificar gradualmente las bebidas de la mesa, incorporar movimientos o juegos compartidos, diversificar los alimentos o reemplazar el premio comestible por una experiencia agradable.

Durante la conversación surgió como ejemplo la posibilidad de premiar una buena conducta con una salida a la plaza, un juego o una actividad compartida, en lugar de recurrir automáticamente a chocolates o golosinas.

Berríos también cuestionó expresiones familiares frecuentes como “cuando crezca va a pegar el estirón” o “como se mueve mucho puede comer cualquier cosa”.

La actividad física no neutraliza automáticamente los efectos de una alimentación basada en productos con exceso de grasas, azúcar, sodio o colorantes. El hecho de que un niño sea activo no significa que deba consumir sin límites cualquier tipo de producto.

La profesional sostuvo que reconocer la existencia de una dificultad es la primera medida para comenzar a cambiarla. En muchos casos, la obesidad no genera un síntoma agudo como fiebre o dolor, por lo que las familias pueden postergar la consulta hasta que aparece una complicación.

“Reconocer que hay un problema es la primera medida y una de las más importantes para generar un cambio”, expresó.

Ante una duda, la primera consulta puede realizarse con el pediatra, quien evaluará la situación y determinará si corresponde una derivación hacia un equipo especializado.

Según lo expresado durante la entrevista, una encuesta nacional de salud y nutrición realizada antes de la pandemia indicó que cuatro de cada diez niños y adolescentes en edad escolar presentaban sobrepeso u obesidad. Berríos señaló que la problemática afecta tanto a varones como a mujeres.

La licenciada también presentó el trabajo del programa integral del hospital, que cuenta con alrededor de 20 años de experiencia y está conformado por un equipo interdisciplinario.

El equipo incluye a una pediatra, una nutricionista y una psicóloga. En algunas oportunidades las tres profesionales atienden de manera conjunta, permitiendo evaluar al niño desde diferentes dimensiones durante una misma consulta.

La atención se realiza en el consultorio 6, de lunes a viernes durante la mañana, entre las 8 y las 12. También existen horarios por la tarde determinados días de la semana, según lo informado durante la entrevista.

Los turnos son programados y se gestionan en el propio consultorio. Si bien muchas familias llegan mediante una derivación pediátrica, el programa también recibe consultas espontáneas cuando los adultos reconocen la necesidad de acompañamiento.

La entrevista completa con Patricia Berríos puede verse en las plataformas de Ciudad FM, con recomendaciones para detectar señales, acompañar sin culpabilizar y construir hábitos saludables desde toda la familia.

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