YOLANDA VARGAS: LA MUJER QUE TRANSFORMÓ EL DOLOR EN FE Y COMUNIDAD


La historia de Yolanda Vargas atravesó el abandono en la infancia, las dificultades económicas, la enfermedad, la pérdida de un hijo y años de lucha familiar. Sin embargo, quienes la recuerdan destacan que transformó esas experiencias en fe, servicio comunitario y una forma de vivir marcada por el acompañamiento a los demás.

Su vida fue evocada en el ciclo Historias de Vida de Unidos por San Isidro, por Ciudad FM 90.5, en un testimonio profundamente familiar en el que su hija Antonia reconstruyó el camino de “Yolandita”, como era conocida afectuosamente, y el legado que dejó en su familia y en la comunidad.

El relato comenzó por una infancia difícil. Según lo expresado durante la entrevista, Yolanda pasó sus primeros años entre distintos familiares y durante mucho tiempo cargó con la pregunta de por qué su madre biológica no la había criado. Antonia recordó que esa sensación de abandono la acompañó durante años y que, aun después de formar su propia familia, seguía apareciendo el sentimiento de estar sola y “sin raíces”.

Con el tiempo formó su hogar y tuvo cuatro hijos: David, Daniel, Antonia y Diego. Uno de ellos, Daniel, tenía síndrome X frágil, una realidad que, décadas atrás, significó para la familia un camino complejo de integración y aprendizaje, según se relató durante el programa.

Uno de los grandes puntos de inflexión en la vida de Yolanda estuvo relacionado con su experiencia religiosa. Durante una misión vinculada a la visita de Juan Pablo II, escuchó la historia del entonces Papa y la pérdida de su madre. Aquella experiencia terminó conectando con una herida que Yolanda había llevado desde niña.

Antonia recordó que, al regresar a su casa, su madre expresó una frase que marcó un antes y un después: “La Virgen es mi mamá y yo sé que ella me ama, que ella me quiere y que ella nunca me va a dejar”.

A partir de ese momento, según el testimonio, comenzó una profunda transformación personal. Yolanda dejó progresivamente aquella tristeza permanente, se acercó al rosario, comenzó a estudiar la Biblia y más adelante salió a misionar junto a otras personas. Ese cambio, relató Antonia, no fue únicamente interior: también se reflejó en su forma de relacionarse, de vestirse, de cuidarse y de participar activamente en su entorno.

La familia, mientras tanto, atravesaba una realidad económica ajustada y constantes problemas de salud del padre. Hubo tiempos en los que faltaba leña para calefaccionarse y los recursos alcanzaban apenas para lo necesario. Pese a eso, Yolanda sostenía una frase que se convirtió en parte de la vida familiar: “Dios proveerá”.

Su esposo también transmitía una mirada similar frente a las dificultades. Antonia recordó una expresión que repetía: teniendo un techo, algo para comer y permaneciendo unidos, “somos ricos”. La familia comenzó así a interpretar incluso las necesidades cotidianas desde una lógica de agradecimiento y esperanza.

Ese recorrido condujo a Yolanda a involucrarse cada vez más en la vida comunitaria. Primero participó en la comunidad del Sagrado Corazón, donde encontró personas que la alentaron a leer, participar y tomar protagonismo. Aunque había tenido poca escolarización formal, aprovechó el aprendizaje de sus hijos para mejorar su propia lectura y comenzó a acercarse a libros y espacios de formación.

Más adelante, la familia llegó al barrio Los Carrizales, un conjunto de 248 viviendas que entonces comenzaba a consolidarse. Allí Yolanda entendió que había que generar comunidad. Pidió autorización para misionar y comenzó a recorrer las casas junto a una imagen de la Virgen, buscando a vecinos interesados en participar.

La llegada de una imagen de la Virgen de Guadalupe desde México terminó fortaleciendo ese proceso. La comunidad preparó una bienvenida en la que participaron incluso personas que no tenían una presencia habitual en la vida religiosa. Hubo vecinos que colaboraron con flores, manteles, jarrones y diferentes elementos para un barrio que, según el testimonio, todavía tenía muy poca infraestructura comunitaria.

Con el tiempo, Yolanda impulsó actividades de catequesis y el movimiento comenzó a crecer. Antonia recordó especialmente una celebración en la que alrededor de 90 chicos de la comunidad realizaron su primera comunión, un momento que interpretó como una confirmación del cambio que había atravesado su madre y de todo lo que había logrado construir junto a otras personas.

Pero la tarea de Yolanda trascendía lo estrictamente religioso. Organizaba propuestas para el Día del Niño, realizaba invitaciones casa por casa, convocaba a vecinos para aportar cosas dulces y buscaba generar mesas comunitarias para que los chicos pudieran compartir.

Para Navidad promovía pesebres, reunía voluntades para conseguir luces, elementos decorativos y hasta animales para las representaciones. El objetivo, según su hija, estaba ligado a algo muy personal: brindar a otros niños experiencias que quizá ella misma había deseado durante su infancia.

También se organizaban pequeñas colectas cuando algún matrimonio joven comenzaba su vida en común. Una caja de mercadería, un objeto necesario o cualquier ayuda sencilla se convertían en formas concretas de acompañamiento.

Antonia destacó que aquel trabajo nunca fue individual. Yolanda proponía ideas, pero detrás había numerosas familias y vecinos que acompañaban cada iniciativa. Su capacidad estuvo, en gran medida, en movilizar a otros alrededor de una causa comunitaria.

La propia Yolanda encontraba una explicación espiritual para ese recorrido. Según recordó su hija, se sentía identificada con un pasaje bíblico relacionado con aquello que Dios entrega a los humildes y no solamente a los sabios. Desde esa mirada, una mujer que durante años había escuchado que “no servía para nada” comenzó a descubrir que sí podía realizar grandes cosas.

Antonia sintetizó esa huella con una imagen: “Dios le permitió dejar semillas”.

La fe, sin embargo, no eliminó los momentos difíciles. Uno de los golpes más profundos ocurrió con la enfermedad de Daniel. El hijo de Yolanda desarrolló cáncer de colon y murió aproximadamente un año después.

Antonia recordó que fue un golpe devastador y que llegó a pensar que sus padres no podrían superar aquella pérdida. Daniel, que tenía síndrome X frágil, mantuvo hasta sus últimos días una preocupación particular por sus padres y pedía a sus hermanos que no dejaran solos “a los viejitos”.

Tras aquella pérdida, Yolanda comenzó además a convivir con el Parkinson. Aunque la enfermedad redujo progresivamente su actividad, continuó participando en la medida de sus posibilidades.

Una anécdota resume parte de su carácter: a los 54 años decidió que quería aprender a andar en bicicleta. Nunca lo había hecho. Lo intentó hasta conseguirlo.

Según Antonia, su madre repetía: “Lo voy a lograr, lo voy a hacer”. Y finalmente aprendió.

Para su familia, aquel episodio se convirtió en una metáfora de la manera en que enfrentaba la vida.

Los problemas de salud continuaron. Yolanda sufrió una caída y posteriormente su familia descubrió un tumor que ya se encontraba en estadio cuatro y había generado metástasis ósea. Según el relato de su hija, no había posibilidades de un tratamiento curativo.

En medio de esa etapa, Antonia remarcó una característica que recuerda especialmente: “Nunca se quejó”.

Según relató, incluso el dolor era ofrecido en oración por otras personas que sufrían, por quienes no tenían alimentos o atravesaban necesidades.

Al mirar retrospectivamente la vida de su madre, Antonia planteó que aquella frase repetida tantas veces —no dejarse vencer— tenía un significado mucho más amplio. No se trataba solamente de no dejarse vencer por el cáncer, sino por la experiencia del abandono, el olvido y las heridas acumuladas desde la infancia.

Lo que la familia considera especialmente significativo es que Yolanda murió sin rencor hacia quienes la habían lastimado.

“Su mayor legado es esa semilla que plantó: no quejarnos, no odiar, amar”, expresó Antonia al resumir lo recibido de su madre.

La emisión de Unidos por San Isidro, conducida por Manu Cozzari, Gabi Furlotti y Nacho Lucero, bajo la dirección de Hernán Panella, estuvo acompañada por numerosos mensajes de familiares, vecinos y personas que habían conocido a Yolanda. Las palabras enviadas durante el vivo remarcaron su generosidad, su corazón y el impacto que había dejado en quienes compartieron parte de su camino.

El testimonio tuvo además un componente particularmente personal: Antonia contó que actualmente atraviesa su propio proceso luego de haber sido diagnosticada con cáncer de colon. Según explicó, fue intervenida y no necesitó quimioterapia hasta ese momento, mientras continúa con controles médicos. En ese recorrido volvió a aparecer una enseñanza recibida de su madre: “Nunca hay que darse por vencida”.

Hacia el final, familiares presentes en el programa también expresaron el orgullo por la historia de Yolanda y por una familia que, según señalaron, encontró en la unión y en la fe una forma de atravesar diferentes pruebas.

La historia de Yolanda Vargas abrió así una nueva dimensión del ciclo Historias de Vida: no solamente recordar a una persona, sino reconstruir aquello que dejó en quienes siguen contando su historia.

El programa cerró invitando a otras personas y familias a acercarse a Unidos por San Isidro para compartir sus propios testimonios. La entrevista completa puede verse en las plataformas digitales de Ciudad FM.

spot_img

Latest articles

Related articles

spot_img