Quejarse no siempre es perjudicial: puede permitir identificar un problema, expresar una necesidad y comenzar a buscar una solución. El riesgo aparece cuando la queja se vuelve repetitiva, sostiene el estrés y reemplaza cualquier posibilidad de acción.
La afirmación “quejarse debilita el cerebro” comenzó a circular con fuerza en redes sociales y conversaciones cotidianas. Sin embargo, para el licenciado en Psicología Walter Motilla, el planteo necesita ser analizado con mayor profundidad para evitar conclusiones simplistas.
Durante una entrevista con Hugo Lombardi y Hugo Videla en ANTES DE VER EL SOL, por Ciudad FM 90.5, el especialista diferenció la queja necesaria de aquella que se convierte en un patrón rumiativo y termina organizando la forma en que una persona interpreta su vida y se relaciona con los demás.
Motilla evitó afirmar que quejarse produzca directamente una enfermedad o un debilitamiento cerebral. “Yo no diría que la queja enferme; sería tal vez una exageración”, aclaró.
Según explicó, lo que sí puede generar consecuencias psicológicas y fisiológicas es permanecer durante un tiempo prolongado en un estado de estrés, hostilidad, frustración o percepción constante de amenaza. La queja crónica puede formar parte de ese circuito, especialmente cuando no conduce a ninguna resolución.
El psicólogo se refirió al cortisol como una hormona necesaria para el organismo. Señaló que interviene, entre otras funciones, en la respuesta frente al peligro, el metabolismo y el ritmo de sueño y vigilia. El inconveniente aparece cuando la persona permanece en una condición de alerta continua, incluso cuando no existe una emergencia inmediata.
Para Motilla, el punto central no está en eliminar cualquier manifestación de malestar. “El problema no es quejarse, porque la queja también es necesaria, sino quedarse a vivir en la queja”, sostuvo.
La queja funcional permite reconocer que algo está mal, comunicarlo y orientar la conducta hacia una posible solución. Una persona puede expresar que una situación no le agrada, plantear el problema a quien corresponda y comenzar una negociación para modificarla.
La queja rumiativa, en cambio, repite el malestar sin producir cambios. La persona vuelve una y otra vez sobre la misma experiencia, la expresa frente a diferentes interlocutores o la repasa internamente, pero no encuentra una dirección concreta.
Motilla explicó que esa repetición puede dejar de ser una conducta circunstancial y convertirse en una actitud. En esos casos, la queja se instala como una manera de posicionarse frente al mundo y puede construir un malestar generalizado en el que prácticamente todo fastidia, incomoda o frustra.
El hábito también puede afectar las relaciones. Cuando alguien se queja de manera permanente, quienes lo rodean pueden dejar de escuchar incluso aquellas demandas que son legítimas. La respuesta habitual comienza a ser que esa persona “se queja de todo” y el reclamo pierde fuerza.
El entrevistado señaló que existen familias, grupos laborales y conversaciones de WhatsApp en los que la pertenencia se construye alrededor de aquello que todos rechazan. De esa manera, la queja deja de ser un contenido puntual y se transforma en un lenguaje vincular.
El entorno cumple un papel importante. Una relación puede ayudar a procesar una dificultad, pero también puede contribuir a mantenerla activa. Motilla describió situaciones en las que una persona utiliza a otra como receptora permanente de sus problemas, sin reciprocidad ni intención de modificar aquello que genera el malestar.
Esto ocurre con frecuencia cuando alguien no puede expresar su queja en el lugar donde se produce el conflicto. Una persona que se siente maltratada por un superior puede callarse por temor a perder su trabajo y descargar posteriormente toda esa frustración sobre su pareja, sus hijos o sus amigos.
El desahogo puede aliviar momentáneamente la tensión, pero no necesariamente resuelve la causa. “Quejarme es un alivio, es sacarle la válvula de presión a la olla, pero no quita la llama”, graficó el psicólogo.
La misma dinámica puede aparecer dentro de las familias. Motilla presentó el ejemplo de padres que se quejan por la falta de colaboración de sus hijos, pero no establecen normas ni consecuencias frente a ese comportamiento. En esos casos, los adultos también forman parte del circuito que mantiene el problema.
La diferencia entre quejarse y pensar un problema para resolverlo aparece cuando la persona comienza a preguntarse qué parte de la situación depende de ella y qué acción concreta puede realizar.
Si existe algo que puede modificarse, el especialista recomendó avanzar hacia una acción correctiva. Cuando la situación no puede cambiarse, entran en juego otros procesos, como la aceptación, el duelo, la tolerancia a la frustración o la decisión de revisar el vínculo con aquello que produce sufrimiento.
Motilla diferenció entre reconocer “esto me duele” y repetir durante meses “esto no debería haberme pasado”. La primera expresión describe una experiencia. La segunda puede mantener una lucha permanente contra una realidad que ya ocurrió o que, por diferentes motivos, no puede controlarse.
Esto no significa que todo deba resolverse con pensamientos optimistas. “No todo se resuelve pensando positivamente”, remarcó. La meta, según explicó, es alcanzar una mirada más equilibrada y utilizar la queja cuando resulte oportuna, sin convertirla en el centro de la experiencia cotidiana.
El psicólogo también cuestionó las propuestas que invitan a permanecer una cantidad determinada de días sin quejarse. Consideró que suprimir completamente el malestar puede resultar tan superficial como mantener encendida una olla a presión sin permitir que funcione su válvula.
En lugar de prohibir la queja, propuso escuchar qué necesidad expresa. El recorrido consiste en identificar el motivo real del malestar, determinar qué aspectos pueden controlarse y avanzar hacia una acción.
La confrontación también puede resultar necesaria. Motilla aclaró que confrontar no significa pelear, sino poner una situación sobre la mesa de manera respetuosa. En una familia, una pareja o un trabajo, el problema necesita ser expresado frente a la persona involucrada y no solamente comentado con terceros.
Cuando alguien cercano se queja de forma permanente, la respuesta tampoco debería consistir en discutir o invalidar inmediatamente su dolor. El especialista sugirió realizar una observación respetuosa y ayudar a esa persona a reconocer que, junto con las dificultades, también pueden existir aspectos positivos.
La escucha puede organizarse en diferentes etapas. Primero aparece la posibilidad de que la persona se desahogue y relate lo sucedido. Después es necesario comprender qué fue lo que más le dolió. Finalmente, la conversación debería avanzar hacia una pregunta concreta: “¿Qué vamos a hacer?”.
En este punto, Motilla diferenció las conversaciones que procesan de las que solamente reciclan el enojo. Las primeras permiten expresar el dolor, comprenderlo y buscar una dirección. Las segundas repiten episodios, agregan bronca y vuelven a encender el conflicto.
Quien escucha también debe evitar involucrarse en una rumiación compartida. Acompañar no significa sumar argumentos para aumentar el enojo ni instalarse indefinidamente dentro del problema. La clave es ofrecer una escucha genuina sin agregar más combustible al malestar.
Las redes sociales y los grupos de mensajería pueden intensificar este circuito. “Hoy podemos indignarnos con diez mil desconocidos antes del desayuno”, advirtió Motilla.
El especialista observó que los intercambios digitales permiten sostener la queja durante todo el día. Aunque la jornada laboral haya finalizado, una persona puede continuar psicológicamente vinculada al conflicto mediante mensajes, comentarios y conversaciones que reactivan aquello que la frustró.
También planteó que determinados contenidos digitales pueden influir en el estado emocional de los usuarios y reforzar una cultura en la que el enojo y la queja aparecen de manera constante.
Durante el tramo final de la entrevista, Motilla vinculó la salida de la queja pasiva con la responsabilidad individual, la educación en valores y la empatía. Señaló que una persona no siempre podrá resolver un problema social completo, pero sí puede realizar una acción concreta dentro de sus posibilidades.
El eje no consiste en negar las injusticias, el dolor o las frustraciones, sino en impedir que se conviertan en el único modo de mirar la realidad. La propuesta es reconocer el malestar, expresarlo, establecer límites, pedir ayuda cuando sea necesario y buscar la mejor alternativa entre las opciones posibles.
La entrevista completa con Walter Motilla en ANTES DE VER EL SOL permite profundizar en la diferencia entre desahogarse y quedar atrapado en la queja, el impacto de las relaciones y las redes sociales y las estrategias para transformar el malestar en una acción concreta.





































