Un hecho que conmocionó a la sociedad argentina puso en evidencia un problema mucho más profundo que un simple «error adolescente». Durante un baile de disfraces en un viaje de egresados a Bariloche, un estudiante de séptimo año de una escuela de Bell Ville decidió disfrazarse de mujer violada: vestido roto, manchas rojas simulando sangre y la palabra «violada» escrita en su espalda. Mientras tanto, un compañero lo seguía haciendo gestos obscenos, y otros aplaudían la escena.

El episodio generó repudio generalizado, incluso entre sus propios compañeros de escuela. El colegio emitió un comunicado y Alejandro Castro Santander, referente del Observatorio de la Convivencia Escolar, publicó una columna titulada «El caso Bariloche y los aprendizajes olvidados: necesidad de un reencuentro ético ante la banalización de la violencia».

La banalización de la tragedia

En diálogo con el programa radial, Castro Santander explicó que este caso no es un hecho aislado, sino el síntoma de una sociedad que ha normalizado la violencia. «No es simplemente una falta de respeto o un error de un adolescente. Es el síntoma de una crisis en la formación de valores que no le toca solamente a la familia ni solamente a la escuela, sino a toda una sociedad», afirmó.

El especialista recordó un caso similar reciente: estudiantes de la escuela ORT que en otro viaje de egresados entonaron cánticos antisemitas diciendo «hay que quemar judíos», con algunos adultos adhiriendo. También mencionó otro episodio en una fiesta de la primavera donde un estudiante se paseaba con una bolsa simulando llevar una cabeza cercenada.

«Cuando adolescentes responden ‘no es para tanto’, estamos frente a un problema grave», advirtió Castro Santander, comparándolo con lo que sucede con el bullying, minimizado por muchos adultos como «cosas de chicos».

La mutilación de las humanidades

Para el especialista, la raíz del problema está en la progresiva eliminación de contenidos humanísticos en la educación. «Se ha ido quitando todo lo que tiene que ver con las humanidades. Hay una mutilación de lo propio de lo humano: la formación en ética, en moral, en valores», explicó.

Castro Santander señaló que mientras se prioriza incorporar tecnología, robótica, programación e inteligencia artificial al currículum escolar —pasando del modelo STEM a STEAM y ahora STEAM+H—, no se agrega tiempo lectivo sino que se reemplazan contenidos. «Lo que se saca es todo lo que tiene que ver con el área humanística. Es como que no tiene tanto valor, no es tan importante», lamentó.

El referente de Argentinos por la Educación indicó que prácticamente todos los análisis educativos se concentran en lengua y matemática, mientras que la dimensión socioafectiva queda relegada a una «transversalidad» que muchas veces «significa nada, porque no tiene un lugar concreto para trabajarla fuerte».

Una violencia aprendida

«¿Qué le diría a los jóvenes que se divierten con estas cosas? Lo primero que haría es pedirles perdón», confesó Castro Santander. «Son conductas totalmente desubicadas y violentas, pero son aprendizajes que les hemos ido dando los adultos. La violencia es una conducta aprendida y lamentablemente los primeros maestros somos nosotros».

El especialista observó que los adolescentes siempre transgreden lo que la cultura les muestra. «Si analizamos décadas atrás, veremos que se transgredía lo que la sociedad mostraba en ese momento. Esto es lo que ha ido pasando a través del tiempo», reflexionó.

En ese sentido, mencionó la responsabilidad de los discursos violentos desde la política. «La banalización del discurso violento se da bien arriba, en el Poder Ejecutivo, pero también lo vemos en el Congreso. Hay sesiones que dan vergüenza. Uno parece que estuviera viendo niños peleando en la escuela», comparó.

Prevención antes que protocolos

Castro Santander fue crítico respecto a cómo se abordan estos problemas. «Existen programas para evitar la violencia, pero no se usan, no se aplican. Si tuviéramos que poner porcentajes, diría que prácticamente en un 90% se utiliza el protocolo cuando ya tenés víctima y victimario, cuando toda la comunidad ha sufrido el impacto de la violencia».

El especialista insistió en la necesidad de trabajar en prevención, de anticiparse a los hechos violentos. «No hay que esperar tener indicadores o el hecho concreto para empezar a actuar. Esto tiene que ver con educación y con educación en valores», subrayó.

Consultado sobre qué valor priorizaría, fue contundente: «El respeto. El respeto a uno mismo —y ahí podríamos hablar de la violencia autoinfligida— y el respeto en el encuentro con el otro. El respeto ocupa el primer lugar».

Un llamado urgente al Estado

Hacia el futuro, Castro Santander pidió que el Estado tome la iniciativa. «El que tiene más espalda en todo esto es el Estado. Los responsables de las políticas son los que tienen que motorizar estos cambios que ya son urgentes», enfatizó, mencionando que la mayoría de los congresos del Observatorio Internacional de la Violencia Escolar insisten en «prevención de la violencia y políticas públicas».

El especialista alertó que la situación es cada vez más grave: «Antes hablábamos con cierta ironía de ‘pórtense bien’. Hoy tengo declaraciones de docentes que dicen que los chicos directamente no les importa que se les llame la atención. Algunos hasta lo hacen para llamar la atención. Hemos perdido, junto con la familia, mucha autoridad».

Y concluyó con un diagnóstico preocupante: «Se ha ido perdiendo, relativizando todo lo que tiene que ver con la ética y la moral. Hoy cualquiera puede pensar cualquier cosa. Te aseguro que hay muchísimos que han defendido este hecho, diciendo ‘no sean exagerados'».

El caso de Bariloche quedó así expuesto no como un hecho aislado, sino como el reflejo de una sociedad que urge recuperar valores fundamentales antes de que la violencia banalizada se convierta en la norma

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