La operación que culminó con la captura de Nicolás Maduro y dejó un saldo de 55 militares fallecidos —32 cubanos y 23 venezolanos— expuso una profunda fisura en el sistema de inteligencia cubano, históricamente reconocido por su eficiencia y capacidad de anticipación.
Dos días después del ataque estadounidense contra un complejo militar en Caracas, La Habana confirmó la muerte de 32 integrantes de sus fuerzas de seguridad. Entre ellos, 21 pertenecían al Ministerio del Interior, encargado del espionaje e inteligencia, y 11 eran miembros de las Fuerzas Armadas. Caracas también lamentó la caída de 23 militares venezolanos.
Expertos internacionales coinciden en que el éxito de la operación radicó en el “factor sorpresa”. Según analistas consultados por AFP, Washington logró mantener el plan en absoluto secreto durante meses, mientras la inteligencia cubana convencía al entorno de Maduro de que Estados Unidos jamás atacaría territorio venezolano.
Además, se reveló que Estados Unidos contó con una ventaja estratégica clave: acceso a información en tiempo real mediante drones furtivos y la colaboración de una fuente de la CIA dentro del gobierno venezolano, según publicó The New York Times. Esa combinación permitió seguir los movimientos de Maduro con precisión y actuar sin alertar a las defensas locales.
Analistas señalan que los servicios cubanos no solo fallaron en detectar la incursión de helicópteros estadounidenses, sino también en anticipar el nuevo estilo de conducción de la administración de Donald Trump, caracterizada por acciones directas, no convencionales y sin los canales diplomáticos tradicionales.
Históricamente, Cuba había consolidado una reputación prácticamente invulnerable, tras décadas de inteligencia entrenada bajo la lógica de la KGB y enormes antecedentes de infiltración internacional. Sin embargo, esta vez quedó superada ante una estrategia que combinó tecnología de punta, cooperación interna venezolana y un cambio abrupto en la dinámica geopolítica.
Washington defendió la maniobra calificándola como una “operación policial” y no militar, lo que evitó la intervención del Congreso estadounidense. Para especialistas, el golpe representa un punto de quiebre: por primera vez, la estructura de seguridad cubana quedó neutralizada no solo en lo operativo, sino también en lo estratégico.








































