EL LLAMADO QUE MARCA UN DESTINO

Dicen que la vocación nace cuando uno todavía no entiende del todo el mundo, pero ya siente dónde pertenece.

En mi caso, empezó cuando tenía apenas cuatro años. Bajo la mesa de mi casa, jugando con el estetoscopio de mi papá, descubrí un universo que todavía no sabía nombrar, pero que ya me marcaba el destino.

No era un juego: era un llamado.

Desde entonces nunca dudé. Siempre supe que iba a ser médico. Como si esa decisión no la hubiera tomado yo, sino algo mucho más grande. Y quizás por eso el día en que me recibí coincidió con el Día del Médico: una coincidencia que, para mí, fue una confirmación.

Mi vida ha sido un camino vertiginoso, lleno de subidas, bajadas, renuncias y conquistas. Ser médico no es una profesión; es una forma de vivir. Demanda tiempo completo. Exige estar disponible cuando otros descansan, y entregado cuando otros celebran. Uno deja cosas en el camino: encuentros familiares, reuniones sociales, amistades.

Y sin embargo, nunca se deja la vocación.

Porque la medicina, para quienes la amamos, es una especie de sacerdocio: un compromiso de 24 horas con la fragilidad humana.

A veces, en medio de esa vorágine, ni siquiera uno puede ayudarse a sí mismo. Pero aun así seguimos. Porque sabemos que cada amanecer trae otra oportunidad de aliviar, acompañar, sostener.

¿Por qué elegí la Terapia Intensiva?

Porque allí se libra, de manera descarnada y honesta, la batalla más profunda de todas: la lucha por la vida.

Es un desafío diario frente a un enemigo implacable, esa sensación de pelear sabiendo que la muerte siempre está cerca. Pero también es el lugar donde la ciencia, la decisión y la esperanza pueden torcer lo que parecía inevitable.

Y cuando un paciente crítico, ese que llegó al límite, vuelve a respirar por sí mismo, abre los ojos, vuelve a caminar, vuelve a su casa… en ese instante uno siente algo que no se puede explicar del todo.

Es un éxtasis, un regocijo que justifica cada desvelo, cada guardia interminable, cada renuncia.

Ser médico es eso: dejar huellas invisibles en vidas que seguirán adelante gracias a lo que uno hizo cuando más se necesitaba.

Ser intensivista es, quizás, vivir al filo… pero con el privilegio inmenso de darle al otro la oportunidad de seguir viviendo.

Y por eso, desde aquel niño de cuatro años bajo una mesa hasta hoy, sigo sintiendo la misma certeza:

Esta es mi vocación.

Este es mi camino.

Y no podría haber elegido otro.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí