La reciente caminata institucional organizada por el gobierno provincial para promocionar el inminente tramo de doble vía que unirá Rivadavia con San Martín y que pasa por Junín, dejó más preguntas que certezas. Más allá de la obra en sí —necesaria, largamente esperada y aplaudida por la ciudadanía—, lo que generó controversia fue la ausencia total de autoridades municipales del departamento de Rivadavia, donde precisamente inicia el tramo en cuestión.

 

Durante la jornada, participaron funcionarios provinciales, como el diputado Mauricio Di Césare, el ex intendente de Rivadavia y actual diputado provincial Miguel Ángel Ronco y el director de Relaciones con la Comunidad del Ministerio de Seguridad, Hernán Amat. Ambos son de Rivadavia, pero también son parte del engranaje político de Cambia Mendoza, el mismo espacio que gobierna la provincia. Estuvo presente, además, la presidenta del Honorable Concejo Deliberante de Rivadavia, Laura Abate, también de Cambia Mendoza.

 

Lo que duele —y debería alarmar— es que desde el gobierno provincial no se invitó a ningún funcionario del Ejecutivo municipal de Rivadavia, gobernado por el partido Sembrar. Ni al intendente interino Luis García Llauró, ni a sus concejales, ni a ningún integrante del gabinete local. Ninguna notificación, ni siquiera una mención institucional, como si la gestión actual fuese invisible, como si no representaran a los miles de ciudadanos que votaron por un proyecto distinto.

 

Este hecho, más allá de lo anecdótico, pone en evidencia una forma de ejercer el poder profundamente inmoral y dañina. Discriminar a un departamento entero por no compartir el color político del gobernador no es sólo una torpeza, es una herida abierta a la democracia. Es decirle a un pueblo que no merece ser visto, escuchado, ni convocado, simplemente por haber elegido distinto.

 

Esa exclusión institucional no se disfraza con fotos ni con caminatas. No se tapa con discursos de integración vacíos. Se siente en el desprecio, en la omisión, en el odio que se traduce en indiferencia, en resentimiento disfrazado de planificación. Gobernar así es desgobernar lo humano. Porque el Estado no puede ni debe ser una herramienta partidaria. Y cuando lo es, se pervierte el sentido más básico de la política: representar a todos, no a unos pocos.

 

En los próximos días se inaugurará oficialmente este primer tramo de la doble vía. La gran incógnita —y el dato que muchos esperan— es si el acto se realizará en territorio rivadaviense, donde comienza el recorrido, o si se elegirá Junín, gobernado por Mario Abed, de Cambia Mendoza, para borrar del mapa institucional a quienes piensan distinto.

 

¿Qué tipo de institucionalidad promueve un gobierno que castiga a sus ciudadanos solo por haber votado diferente? ¿Qué nivel de resentimiento se necesita para negar un saludo, una silla, una invitación a quienes también forman parte de Mendoza?

 

La política mendocina, una vez más, elige la revancha antes que la convivencia. Y los vecinos, una vez más, quedan como testigos de una doble vía que avanza en cemento, pero retrocede en valores.

 

 

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