En una nueva edición de Última Parada, conducido por Daniel Aguilera, el programa recibió la visita de una verdadera leyenda del deporte local: Marcelo “Chelo” Centorbi, ex jugador de Rivadavia Básquet y parte fundamental de las décadas más recordadas del baloncesto del departamento.
Aguilera abrió la charla reconociendo al invitado como “un amigo, un gran jugador, parte de una familia basquetbolera y una excelente persona”, dando paso a un recorrido histórico por los inicios, el camino deportivo y las vivencias que marcaron a Centorbi dentro y fuera de la cancha.
Los inicios: una herencia familiar
Centorbi recordó que su vínculo con el básquet comenzó por su padre, quien jugó en los años 1972 y 1973 cuando un grupo de exjugadores reflotó la actividad para volver a competir a nivel provincial.
“Tenía once o doce años y ya estaba en todos los partidos, los vestuarios, las charlas, las discusiones. Eso se te va incorporando en la piel y en la sangre”, relató.
Con el tiempo, los jugadores amigos de su padre se convirtieron en sus ídolos. En un contexto sin redes sociales ni acceso fácil a la información, Centorbi recordó que “uno admiraba jugadores que ni siquiera había visto jugar, solo por lo que escuchaba en la radio o leía en los diarios”.
El debut soñado
El ex jugador repasó su llegada a Primera División, que se dio a los 14 años en un partido ante Murialdo en la cancha de Regatas. Ante la falta de jugadores, fue convocado para integrar el banco, pero terminó teniendo un rol decisivo:
“Faltaban segundos, perdíamos por uno y me hacen un foul. Tiré dos libres y los metí. Ganamos por un punto. Ese fue mi debut”, recordó.
Desde entonces, consolidó su recorrido con la mítica camiseta número 13, heredada de su padre.
La evolución del club y las épocas doradas
Centorbi repasó el traslado del club hacia el polideportivo, las dificultades que generó la distancia para las inferiores, los descensos, los ascensos y la reconstrucción que culminó con una campaña histórica.
“Salimos campeones invictos en dos torneos de Primera B, con 33 partidos ganados. En el ‘84 y ‘85 el equipo se consolidó y empezó la explosión del básquet de Rivadavia”, explicó.
También recordó los grandes hitos competitivos: el Vendimia, el Federativo, el ascenso a la Liga Nacional C y las inolvidables noches con cancha llena cuando llegaron rivales de peso a la provincia.
“Éramos el único equipo sin norteamericanos y clasificamos igual. La alegría fue indescriptible”, afirmó, al rememorar la campaña que los llevó a jugar a nivel nacional.
Ídolos, técnicos y amistades eternas
Centorbi destacó a sus formadores: Leopoldo Brozoli, Arturo Casiamani y a una larga lista de entrenadores que marcaron su carrera.
“De todos aprendés algo. Todos te dejan una marca indeleble”, aseguró.
También recordó a compañeros, rivales y figuras emblemáticas, incorporando anécdotas de viajes, hinchadas, dificultades económicas y la mística que se generó alrededor del equipo, valorando la identidad local:
“Todos éramos de acá. Eso ayudó muchísimo. Aguantabas lo que fuera”.
El retiro, la dirigencia y el legado
Su retiro llegó más por necesidad que por decisión personal:
“Físicamente estaba para jugar un tiempo más, pero no había quién dirigiera y ser jugador y técnico al mismo tiempo no se podía”, comentó.
Luego, formó parte de la dirigencia, logrando nuevas etapas de crecimiento para el club:
“Los ciclos se cumplen. Es desgastante, pero también gratificante”.
El histórico jugador cerró la charla con emoción, repasando que el básquet de Rivadavia dejó una huella en varias generaciones y sigue generando vínculos que perduran:
“Tenemos un grupo de WhatsApp con jugadores de esos años. Nos seguimos juntando. El cariño quedó para siempre”.










































